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jueves, 26 de marzo de 2009

Patético espectáculo

Hoy vino el monologuista Luis Piedrahita, el del Club de la comedia, ese al que los emos han copiado el peinado y las gafas, para disfrute del colectivo universitario vigués.

La función, prevista para las 18:30, congregó a gran número de... seres vivos a los que, en vista de los acontecimientos, me ahorraré el denominarles "personas".

La cola se hizo en torno a mesas sustraídas con cierta timidez y osadía de los bares del centro comercial universitario; y todo fue más o menos bien hasta que unas personas decidieron levantarse, con el consiguiente ruido de mesas y sillas, de metal contra el suelo, un ruido apurado, histérico y, tal como estaban los ánimos, sucedió lo obvio. Los... seres vivos congregados entendieron que aquellos que se acababan de levantar se lanzarían avidamente hacia las puertas del teatro (por llamar de alguna manera al fracaso de búnker que es el condenado). A los que, como nosotros, recogimos las cosas con cierta calma, ni siquiera una calma excesiva, pero sí meter las cosas en la mochila y dirigirnos a paso normal hacia allí, se nos adelantaron toda clase de orcos que trotaban saltando mochilas, empujando gente y apartando sillas (y mesas) a golpetazos. Todo muy civilizado.

Tras que la cola se convirtiese en un extraño tubérculo en el que que los recién llegados estaban mejor situados para entrar que aquellos que llevaban una hora esperando, la situación empeoró. Las puertas no se abrían, los ánimos se caldeaban, los más pilluelos intentaron aprovechar esos momentos para colarse (demostrando cierta astucia y muy poca educación). La gente apretujada, preparada para echar a correr en cuanto surgiese la oportunidad, ensayando empujones, pisotones (cosa graciosa contando que todavía no se podía avanzar ni un ápice) y demás. Y esta fue la situación hasta la abertura de puertas en la que como una manada de gacelas asediada por leones hambrientos cada uno corrió por su vida hacia las mencionadas puertas. Y aquí ya se perdieron las escasas formas que pudieran haberse mantenido hasta el momento. Los empujones se volvieron una constante entremezclada con los tropiezos, los manotazos, los codazos, etc.

Y, en aquel momento, en el que la conducta de los universitarios me recordó más a la de ovejas tratadas con altas dosis de speed (como diría cierto amigo) que a la de personas normales, pensé en lo triste que resultaba el hecho de que aquellos... seres vivos formasen parte de una teórica élite social, los universitarios. Una especie salvaje como tantas otras.

Qué espectáculo más penoso, sinceramente...