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lunes, 9 de marzo de 2009

Manteniendo una imagen [Espada Negra]

Estábamos todos. Esos fuimos los hombres que formamos la Espada Negra en su primera época, cuando el futuro parecía brillar lleno de promesas. Era el momento, nuestro momento. La ciudad se fue acostumbrando a nuestro nombre, a nuestro escudo, a nuestras ropas; éramos, probablemente, los hombres anónimos más conocidos y reputados de las calles. Nuestros trabajos se sucedían exitosos, pequeñas labores sin peligro intercaladas con alguna misión arriesgada. No importaba, nos gustaba jugar, poner la mano en el fuego y sonreír después, mostrando nuestras palmas en perfecto estado.

 

Así, un día, recibimos el encargo de matar a El Tuerto, un matón local que dirigía un grupo de mostrencos reconvertidos a ladrones. Fue nuestro trabajo más destacado hasta aquella fecha, entramos en su casa por la noche, tras que Yoel durmiese a los guardias; subimos las escaleras sigilosamente y lo buscamos por toda la casa. El sitio tenía trampas y El Tuerto se defendió usando todos sus recursos. Nos las vimos y nos las deseamos, varios acabamos heridos. Llegamos a temer por la vida de Bergan. Éramos siete contra él, tras eliminar a todos sus guardias, y casi consigue matarnos. Cuando salimos de allí, la cabeza cortada de El Tuerto nos miraba acusadoramente. Nos decía “os sobreestimáis, y un día, como hoy, fracasaréis y vuestras capas ondearán como trofeos en la fachada de vuestra tumba” o quizá “sois unos críos patéticos y arrogantes que ni siquiera son capaces de valorar correctamente el peligro de un trabajo”. En cualquier caso, no era una mirada halagüeña. Era la mirada de una Muerte decepcionada, vieja y triste. Salimos de allí, con más pena que gloria. Quitamos la ropa de la orden a Bergan para que nadie creyese que era una Espada y los demás, por heridos que estuviesen, volvimos caminando hasta la casa. Las pocas personas que a aquella hora caminaban por la calle, haciendo compañía a los gatos, las ratas y los muertos, nos miraban llenos de sorpresa. Y caminamos como si el dolor no existiera, como si nunca nos hubieran herido. Sabía que bajo mis ropas negras, una herida sangraba empapando la tela, y que sangraba un poco más con cada paso que daba; con cada tirón que sufría la piel cada vez que me movía. «Había una imagen que mantener – me decía – la Espada Negra, en este momento, vale tanto como valga su imagen». No podíamos dejar que la imagen se estropease. Fueron tiempos duros.