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viernes, 13 de febrero de 2009

Mundoabsurdo, segundo día [pt.3]

- ¿Están viniendo hacia aquí esos árboles? – murmuró Alberto.

 

- Claro, son árboles educados – respondió Ernest sin darle mayor importancia al asunto.

 

Y así era. Un grupo de seis árboles se acercaba a la mayor velocidad que un cuerpo de corteza puede permitirse. Lo cual era mucha más velocidad de lo que cabía esperar en un árbol. A unos cinco minutos de distancia el árbol que iba en cabeza se detuvo y alzó sus ramas amenazantes. Su voz sonó en el bosque como suena un montón de piedras chapoteando en un charco de barro:

 

- ¡Fuera de mi propiedad!

 

Alberto, conmocionado, no sabía si sentirse más impactado por el hecho de que aquellos árboles se moviesen o porque conociesen las más refinadas técnicas de amenaza. «Esto es… dantesco».

 

- Comprendemos vuestras preocupaciones – comenzó Ernest – pero este es el único camino hacia las Montañas Permanente Nevadas.

 

El árbol que había hablado previamente bajó sus hostiles ramas. «Bueno, parece que la cosa marcha».

 

- Este camino es el único camino hacia las Montañas Permanente Nevadas y es nuestra propiedad. Si queréis seguir tendréis que pagar el peaje – tronó la voz del árbol con suma lentitud y con notable crueldad, como el ruido de cascotes desplomándose por una ladera sobre escaladores inocentes.

 

«¡¿El peaje?! El capitalismo ha llegado lejos aquí. Árboles pidiendo peaje. Si al final va a ser cierto que nosotros nos quejamos por quejarnos».

- ¿Que tenemos que abonar? – preguntó Alberto.

 

- ¡Oh! ¿Sabes que tenemos que abonar? Me sorprende que conozcas el procedimiento. No sabía que en las Tierras de la Lógica los árboles cobraban peaje.

 

- Oh, bueno, los árboles no; los árboles los talamos y hacemos palillos y papel y… y muebles.

 

Ernest miró a Alberto confundido.

 

- ¿Y os cobran el peaje a posteriori?

 

- No, no; los árboles no cobran peaje. Los dueños de las autopistas cobran peajes.

 

- ¿Y por qué los dueños de las autopistas quieren el abono? – el rostro de Ernest empezaba a parecer completamente consternado.

 

- Para engrosar sus cuentas bancarias.

 

- ¡¡¿Lo almacenan?!! – Ernest parecía repugnado con una cara como la de un niño pequeño al que dan por primera vez puré de puerros. O limones – ¿¿Qué clase de banqueros tenéis en las Tierras de la Lógica??

 

- Cerdos, auténticos cerdos – sonrió Alberto, contento de compartir por primera vez una opinión de Ernest.

 

- No, ya… es… es enfermizo.

 

- Comprenderéis que mi tiempo es valioso – interrumpió la lenta y chasqueante voz del árbol.

 

- Claro, claro – respondió Ernest – ahora mismo abonamos el peaje.

 

Alberto comenzó a tocarse los bolsillos en busca de la cartera. Escuchó el sonido inconfundible de una cremallera al bajarse. Miró a Ernest, que se había bajado los pantalones y estaba acuclillado allí, a la vista de todos. Bueno, de él y de los árboles.

 

- ¡¡¿Pero qué coño estás haciendo??!

 

- Ehmm… ¿abonar? – respondió Ernest tras unos instantes de vacilación.

 

 

Un cuarto de hora después, ya caminando por el bosque, Alberto, informó con voz tímida.

 

- Nunca habría pensado que se referían a… a eso.

 

- ¿Qué? ¿No hacían lo mismo los de las autopistas?

 

- No, no; los de las autopistas piden dinero…

 

- ¿Pensabas que los árboles querrían dinero? ¡Qué absurdo! Si hacemos el dinero con ellos… ¿te imaginas a alguien cobrando un sueldo en filetes de persona?

 

- Qué imagen tan asquerosa…

- Pues para ellos lo mismo…

 

Y Alberto se sintió ligeramente disgustado al encontrar cierta lógica, bastante rebuscada, enfermiza y absurda, al razonamiento de Ernest. «O devoras este lugar, o este lugar te devora a ti».


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Gracias a Danolas por su inestimable ayuda. Y pronto, espero, la versión ilustrada