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jueves, 12 de febrero de 2009

Mundoabsurdo, segundo día [Pt. 2]

Y así, tras el café, abandonaron la cómoda casa de Ernest y pasearon por las calles de la ciudad. Aún no habían apagado aquellas farolas que formaban ángulos imposibles en su incómoda manera de tomar altura, aunque su luz ya era difícil de percibir contrastada con los rayos de un Sol alzándose.

 

Alberto examinaba las calles y la gente que salía apresuradamente para ir a trabajar.

 

- ¿Hay muy pocos coches, verdad? – comentó.

 

- Sí… en un coche hay muchas piezas que pueden fallar y muy poca gente que sabe qué hacer llegado ese momento. Solo quienes se pueden permitir un nuevo coche cada vez que se avería tienen una de esas cosas. La gente normal camina o coge una bicicleta – respondió Ernest con sencillez.

 

- ¿Y por qué no enseñáis a la gente a arreglar los coches?

 

Ernest miró a Alberto con una sombra de duda y enarcó una ceja.

 

- Porque muy poca gente sabe arreglarlos.

 

Alberto asintió:

 

- Claro, por eso, concretamente, deberíais enseñar a más gente a arreglarlos.

 

- Ahá, ¿y quién debería hacerlo?

 

- Alguno de los que sabe hacerlo, por supuesto.

 

- A ver, Alberto, tú eras un ordenatólogo de ésos, ¿no?

 

- Un informático, sí.

 

- Ahá, y cuando alguien tenía un problema con su ordenador, ¿qué hacías?

 

- Se lo arreglaba.

 

- ¿Se lo arreglabas o lo instruías para que pudiera valerse por sí mismo y tú redujeses tu probabilidad de encontrar trabajo?

 

- Pero en mi mundo hay muchos informáticos… es normal que defendamos nuestros intereses, además sería muy trabajoso instruir a todo el mundo. Es imposible…

 

- Aquí saben arreglar coches unos cuantos y no quieren que los demás sepan hacerlo. ¿Tan extraño te parece?

 

- Pues sí, como iba diciendo…

 

- Como ibas diciendo, en tu vieja vida tú sabías arreglar unos aparatejos y el resto de la gente no. Sí, es una gran diferencia.

 

- ¡Es una diferencia numérica!

 

- Es una diferencia falaz. Falaz por cantidad. Si todo el mundo sabe todo no hay negocio, sin negocio no hay economía, sin economía no hay riqueza, sin riqueza no hay investigación, sin investigación no hay portales interdimensionales, y sin portales interdimensionales tú no estarías hoy aquí.

 

- Yo no quería estar aquí – refunfuñó Alberto.

 

- Ya, por eso: menos mal que hay negocio. ¿Te imaginas que tuviéramos que esperar a que la gente que quisiese venir a un mundo que no conoce encontrase la forma de hacerlo? Sería absurdo.

 

Alberto siguió caminando en silencio sin saber muy bien que responderle. Fueron dejando atrás calles y calles, pronto los edificios extraños se convirtieron en casitas extrañas, después en campos extraños y, no tan pronto, en un bosque extraño.

 

- ¿Y esto es? – preguntó Alberto que miraba aquellos árboles extraños, que parecían tener ojos y nariz como si fuesen a darle un ramazo y decirle “fuera de mi propiedad” entre gritos y amenazas.

 

- Los grandes bosques de los Estirados, claro. Te di la ruta hace unas horas, ¿ya la has olvidado?

 

- Es que son nombres tan rid… extraños.

 

- ¿Qué tienen de extraño?

 

- ¿“Grandes bosques de los Estirados”?

 

- Por ejemplo.

 

- Pues que… suena a nombre de broma…

 

- Cuando veas a un Estirado no te parecerá un nombre tan “de broma” – contestó Ernest –, nuestros nombres están sometidos a un escogimiento totalmente lógico, ordenado y razonado. Y, personalmente, creo que tendríais mucho que aprender, vosotros que ponéis nombres al azar, por lo que responden a vuestras preguntas indígenas que nunca han oído vuestro idioma.

 

- Pero…

 

- Pero nada, a partir de ahora, silencio.

 

Y en silencio caminaron entre aquellos árboles que parecían girarse para observarlos, para tenerlos controlados; y que parecían apartarse ligeramente para dibujar una senda clara de la que no se desviasen.

 

«Este lugar es total y absolutamente maquiavélico – pensaba  Alberto – como si en cualquier momento uno de esos árboles que están viniendo hacia aquí ahora mismo fuesen a… ¡coño! ¿Están viniendo realmente hacia aquí?»