Google+

sábado, 14 de febrero de 2009

El encargo de Nash

Nash era aquel hijo superviviente. No tenía una sola corona consigo, pero era hijo de los Baeris, con lo cual tenía acceso a dinero. ¿Por qué Nash? Para ocultar su identidad y su implicación en la contratación de la Espada Negra. En privado me dio su nombre y firmó el contrato, tal como estipulaba la ley: se llamaba Johann, pero nunca dio su nombre al grupo.

 

El viaje transcurrió sin contratiempos. Hacia el norte, por pequeños caminos desdibujados entre los árboles, a través de pueblecitos. Tardamos en cuatro días en llegar a una cabaña de pastores. Nash señaló aquel lugar y nos dirigimos a él. Dentro había una mujer y un hombre. «Hola – saludó la mujer a Nash – es un placer volver a verle. ¿Estos quiénes son?». Nash llevó a cabo una serie de gestos ininteligibles y la joven asintió. Entonces nos enseñaron a su prisionero, un hombre con la cara amoratada, las uñas arrancadas, al que le faltaban un par de dientes que, tendido en un lecho de paja, atado de pies y manos, dormitaba o, al menos, evitaba despertar la ira de sus vigilantes.

 

Pasamos allí el resto del día y la noche. La joven resultó ser una chica reservada y poco habladora. El hombre habló por los codos y nos relató los cotilleos y noticias del pueblo. No fue una conversación interesante. Fue ya de noche cuando Nash señaló al prisionero e hizo gestos para que lo acercasen. Y lo trajeron.

 

El hombre se acercó a él y lo agitó sobre su lecho de paja y, ante su reticencia a levantarse, le propinó una patada en el costado. «Levántate, hijoputa – le dijo». Acercaron al hombre y lo pusieron cerca de nosotros. «Interrogadlo – nos dijo la joven». Le preguntamos quién lo había enviado y nos lo contó sin tapujos, mientras sus dos vigilantes asentían. Ya había contado esa historia, era obvio, y tenía toda la pinta de ser cierta. La tortura a la que lo habían sometido a lo largo de saben los dioses cuánto tiempo había dado sus frutos.

 

Trabajaba para la familia Meier, cuya hija menor estaba emparentada con el hijo menor de la familia Baeris. Si esto era cierto, y parecía serlo, esto haría que el asunto se volviera mucho más íntimo, visceral y peligroso. Necesitaríamos pruebas, pruebas más profundas que las palabras de un preso. «¿Cuál era tu encargo? – le pregunté». «Matarlo – respondió señalando a Nash con un gesto de cabeza». Eso nos daba una ventaja, una gran ventaja. «Y una vez asesinado, ¿qué harías?». «Encendería tres hogueras con Nigra fumi,  y esa noche me acercaría a los campos de triego que hay al noroeste del pueblo. Allí me reuniría con ellos y les en… – pareció dudar al decir esto – les entregaría su cabeza». «¿Dónde encenderías esas hogueras?». Nos dio explicaciones detalladas de dónde lo haría y nos despedimos. «Si nos has mentido, rogarás que te matemos – le avisé – y la tortura que has sufrido hasta ahora te parecerán el beso vicioso de una amante alocada». Él asintió y no dijo nada más.

 

Al amanecer salimos de la cabaña dispuestos a conseguir la planta en cuestión y a prender las hogueras. Nos llevó gran parte del día. Durante este proceso, Nash se mantuvo muy al margen. La noticia parecía haberle impactado… y herido. No era una batalla cómoda de librar, aquello era obvio; pero, a decir verdad, si no quería dar su identidad, esto iba a suponer un agravante. Nuestra recompensa empezaba a tambalearse.

 

Esa misma noche nos dirigimos a los campos del noroeste y, efectivamente, allí estaban. Tres figuras tan embozadas como nosotros, tres sombras entre los campos de trigo que no se molestaban en disimular sus armas. Nosotros, que íbamos prevenidos, habíamos rodeado el lugar y observábamos desde lejos. Solo Nacho iba a acercarse, porque era el que más daba el pego del hombre que nos había dado la información. Portaba un saco lleno de heno, y en el heno iba un melón al que le habíamos pegado crines de caballo con grasa de vaca y al que, con gran esmero y pocos resultados, le habíamos tallado ciertos rasgos de cabeza. Nacho se dirigió a ellos con sus armas ocultas, salvo su espada ropera y el saco a la espalda, mientras nosotros nos desplazábamos alrededor del lugar planeando el momento en que descubrieran el engaño. En ese instante de vacilación, nuestras flechas caerían sobre ellos, justo cuando nuestro hombre se apartase. El plan tenía que salir al milímetro si queríamos capturar al líder con vida.