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sábado, 21 de febrero de 2009

De melones y coronas [Espada Negra]

Nacho llegó junto al grupo, saludó con gesto y ofreció la bolsa. La sombra situada a su derecha cogió la bolsa y la abrió. Nacho se cruzó de brazos, para tener una mano cerca de la empuñadura de una de sus dagas que llevaba ocultas en la ropa. Quien había abierto la bolsa, la zarandeó ligeramente para que se apartase la fina capa de heno que cubría el melón y paró el movimiento. Nacho se preparó para desenvainar. Sylie tensó el arco, Nash y Bergan la siguieron. Kira y yo nos preparamos para cargar en cuanto las cuerdas restallasen en el silencio de la noche. «Es él – dijo la sombra, según nos enteraríamos más tarde». Nacho vaciló y se rió. «Claro que es él. Y ahora, la recompensa – respondió, imitando el sonido de monedas». La sombra del medio se acercó a él con una bolsa en una mano. «Aquí tienes. Ahora vete». Y así lo hizo, Nacho se alejó por el camino, dándonos un margen de error para las flechas.

 

Y las cuerdas restallaron con el frío chasquear de la muerte. Las sombras se volvieron hacia el lugar y una cayó con el pecho atravesado por una flecha; otra gritó cuando una flecha se le clavó en el muslo, fue un grito de mujer; la última, la que todavía sostenía la bolsa, se arrojó al suelo. Nacho desenvainó dos dagas y puso una sobre el cuello del que se había arrojado al suelo. Cuando Kira y yo llegamos allí, el hombre estaba suplicando por su vida, prometió rendirse sin presentar batalla y, perdonado, partió ante los gritos e insultos de la mujer, que lo acusaba de traidor. «¿Y tú eres, pequeña zorra – le espetó Nacho posteriormente». Ella le escupió. Él respondió. Ella escupió dos dientes. No a él, los escupió, dolorida, al suelo y llorando, dijo: «No podéis hacerme esto, soy… importante, soy de buena familia; puedo pagaros más de lo que hayan ofrecido por mí: el doble, ¡el triple!». «Nuestro trabajo ya ha sido firmado, ¿qué clase de profesionales dejarían el trabajo a medio hacer?». Ella sollozó y moqueó. «Pero puedes decirnos quién quiere muertos a los Baeris». Y creyendo en su redención, nos lo contó. El hijo menor de los Baeris, un crío, estaba prometida con una hija de los Daju, una familia venida hacía décadas de El Jorat que se había labrado una fortuna con el comercio. La posibilidad de adquirir grandes tierras dependía de sacarse de encima a los hijos mayores de la familia Baeris y, justamente eso, era lo que estaban haciendo.

Nash asistió a la conversación sin moverse. Cuando la mujer terminó de explicarse, lo miré, y él se llevó un dedo al cuello y lo movió de un lado al otro, lentamente. Ella gritó, se revolvió y siguió llorando. Nacho no vaciló y con un rápido movimiento de dagas, la dejó desangrándose por amplios cortes en la garganta.

 

Esa noche me alejé con Nash y con Deva, así se llamaba la chica de la cabaña de los pastores, para preguntarle qué quería hacer respecto al trabajo. Era una situación muy tensa, era algo obvio. Dijo que no quería que su familia lo relacionase con el caso, así que no podría pagarnos. Que lo sentía y que se ofrecía a ser una Espada Negra y trabajar para nosotros como pago. Aquel día, aunque acepté, decidí que de ahí en adelante, cobraríamos la mitad por adelantado. No es que nos viniese mal otro compañero, la verdad, pero era una situación que no podía repetirse una y otra vez.

 

Al día siguiente, tras liberar al prisionero y decirle que avisase a la familia Daju de que si volvían a mover hilos, aparecerían brutalmente asesinados, y no de forma rápida como la señorita del campo de trigo. Nunca volvió a pasar nada, la familia Baeris vivió tranquila durante años o, al menos, no fueron preocupaciones tan profundas como para que llegasen a Magnia.

 

Así pues, volvimos triunfantes y con un nuevo miembro de la Espada Negra, nuestro cocinero y silencioso compañero Nash; pero no cobramos una mísera corona por ello.