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viernes, 6 de febrero de 2009

Agrupación

Los días se sucedieron en aquella casa. Era una casa robusta de piedra gris, de dos enormes plantas y un fayado en el que podría vivir una persona. En la primera planta había una lujosa entrada, a cuyos lados se abría una sala de reuniones, en cuyo centro una gran mesa oval con diez sillas era todo lo que parecía verse; y al otro las cocinas, un lugar espacioso para que pudiesen trabajar cómodamente varios criados. Contigua a la sala de reuniones, siguiendo el corto pasillo que salía de frente en la entrada, había una sala grande vacía, con algunos estafermos y dianas. En esta sala, unas escaleras conducían al segundo piso, en el que estaban las habitaciones. Allí, una pequeña escalerilla de mano, en el pasillo, conducía al fayado. Nos llevó varios días limpiar aquel lugar, cazar a los ratones y a las ratas. Luego, los problemas fueron otros. Sylie salía cada mañana a comprar una comida modesta con el dinero que nos quedaba. Una persona podría vivir un mes con aquello, cinco no podían hacer mucho. Pedirle dinero a Nacho, apenas conocido, sería mostrar debilidad, la debilidad engendraría desconfianza y en una situación peliaguda, la desconfianza le haría poner tierra de por medio. Un grupo tiene que estar unido, compartir unos intereses y, ante todo, que cada pieza esté dispuesta a darlo todo por todas las demás.

 

No fueron tiempos fáciles. Nos quedaban cinco coronas cuando Sylie empezó a robar gallinas, muy temprano, antes del canto del gallo. Dejamos varias en la parte exterior de la casa, una pequeña parcela que aprovechaba el ángulo de la casa. «Pronto tendremos un problema – me dijo Sylie». Y tenía razón, no podíamos seguir así indefinidamente. «¿Crees en la suerte? – le pregunté». Ella me miró extrañada y luego señaló la casa y enarcó una ceja. «Ehm… sí, claro que creo en la suerte. Hasta hace nada vagabundeábamos y buscábamos un suelo mullido o un tugurio infestado de pulgas». «¿Y confías en ella?». Inspiró con fuerza y abrió exageradamente los ojos, «¿qué estás pensando?». «Encomendarnos a la Suerte que nos ha dado todo y pedirle un último favor – le respondí». Su mirada decía claramente: “la suerte te ha dado todo lo que te iba a dar”, pero no replicó nada. Esa noche fuimos a dormir temprano y a la mañana siguiente fui el primer en salir. Llevaba conmigo las últimas cinco coronas. Si salía mal, pensaba, tendríamos que plantearnos robar dinero, cosa que no entraba en lo previsto; si salía bien, pronto nuestros acuciantes problemas económicos tocarían a su fin. Solo había que jugar bien nuestras cartas.

 

Cuando volví a casa todo el mundo preguntaba por el gran rollo de tela negra que llevaba en brazos. Lo desenrollé y esperé expectante sus caras. Contemplaron la enorme bandera con el símbolo de la Espada Negra. Nacho asintió con su típica sonrisa: «me gusta, me gusta – dijo». «¿Y eso… para qué nos vale? – preguntó Yoel». «Toda agrupación necesita un símbolo bajo el que reunirse – le respondí». «¿Y qué agrupación somos nosotros? – preguntó Kira». «La Espada Negra – dije señalando la bandera – una espada mercenaria» . No sé qué pensaréis al respecto, pero como ya he explicado, en Osmynd es una opción válida y legal. Sylie asintió con seriedad, Nacho estiró un poco más su sonrisa, Kira nos miró sorprendida y vaciló. «Vamos a… ¿matar gente? – preguntó Yoel». «Otras personas van a matarlos, Yoel, nosotros solo seremos los medios. ¿Es una espada quien te mata o es la persona que empuña la espada? Somos la Espada». Yoel bajó la cabeza y, en silencio, asintió. No estaba convencido en absoluto de lo que yo le decía. «Matar es matar – murmuró». «Yoel, no te obligaré a quedarte, siempre puedes irte por dónde has venido». Él nos miró con tristeza y angustia, con miedo a quedarse solo. «¿Y si… él… no participa en nuestras acciones? – preguntó Kira – Yoel sabe leer y… cocinar. Y es un chico de confianza, ¿qué tal si…?». «¿Si se queda como escl… criado, dices?». Y fue así como Yoel se buscó su primer puesto en la Espada Negra, aunque su moral también acabaría sucumbiendo y finalmente se hiciese uno de nosotros. Una Espada Negra de verdad, hasta el final.

 

Esa noche, en la mesa de la sala de reuniones todos firmamos una notificación para el gobierno conforme establecíamos un grupo de combatientes a sueldo. Mientras, en la fachada principal, de un asta, colgaba nuestra bandera, el símbolo de nuestra agrupación. La Espada Negra pendía sobre las calles de Magnia y las primeras habladurías pronto empezarían. Lo normal no era que los asesinos y los ladrones se anunciasen de forma tan… obvia, representábamos un salto, e intentamos dar el salto de la mejor forma posible. En aquel momento todo empezaba para nosotros, pero a decir verdad, ni siquiera yo concebía en que íbamos a acabar metiéndonos.