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domingo, 18 de enero de 2009

Nacho Ericsson

Un guardia nos paró en la puerta: «Alto, ¿quiénes sois?» - preguntó, supongo que fijándose e la cota de mallas y en la espada. «Soy Ernest Iviné, de los Iviné de Osmia» - y enseñé el anillo con el emblema de la familia. El hombre pareció dudar un instante y preguntó sin apartar la vista del anillo: «¿Tenéis algún salvoconducto... o alguna carta... o algo más?». Y, entregándome a los brazos de la Fortuna, asentí mientras me acercaba a Kira y le preguntaba «¿Me permites?». Sin oposición cogí la bolsa con la que ya había pagado el emblema y fui contando treinta monedas y se las di al guardia. Era casi su suelo de un mes, salvo problemas añadidas o una actuación heroica. Sopesó las monedas y nos miró. «¿Una entrega como ésta al mes pagarán tu silencio?» le pregunté sin rodeos»- Y él con una sonrisa estúpida y una mirada bañada por el brillo de la codicia asintió complacido. «Pase, señor Iviné», concluyó.

Dentro de Magnia sentí la mirada de Sylie entre sorprendida y divertida, tal vez preguntándose qué había hecho yo para merecer mi suerte o cómo entretejía los hechos a base de gestos y sonrisas, o cómo una pose, un hecho aislado o un puñado de palabras podían encauzar la historia... mi historia. Pensaba que había algo más, que yo hacía algo, que no solo era suerte; que había algo más, algo que no alcanzaba a ver... que no podía ser solo suerte. ¡Qué equivocada estaba!

Nos dirigimos a la vieja casa de Ernest. Aún estaba deshabitada. La casa de un hombre solo, cruel y rico que había sido acuchillado en su propia habitación era una historia que, sin duda, había echado para atrás a muchos compradores y, a decir verdad, sería una casa muy apropiada para mis planes. La casa de un monstruo, sí, sería ideal. Decidimos pasar unos días en una posada hasta encontrar a alguien que pudiera abrir la puerta sin problemas, sin llamar la atención y sin decir nada después.

El ganso en llamas fue aquella posada, un lugar grande y cómodo, de precio medio, en cuya sala principal se reunían visitaruinas y soldadesca varia a contarse batallitas. Era un buen lugar para encontrar a un ladrón y fue así, tras la cena, cuando escuchando las canciones y los relatos varios encontré al hombre adecuado. Me gustó desde un principio, desde que le oí responder con un hosco “mis mejores aventuras deben mantener el anonimato de sus protagonistas” a las diversas peticiones de que contase alguna de sus andanzas. Era un hombre mayor que nosotros, de unos veinticinco años, con una barba ligeramente desaliñada y una mirada fiera. Se llamaba Nacho Ericsson y era el hombre que necesitábamos en aquel momento.