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viernes, 9 de enero de 2009

El escudo de armas

Esa noche nos obligaron a lavarnos y una mujer, Meary,  nos afeitó la cabeza y nos untó algo de olor agrio para quitar los piojos. Vestidos con ropas limpias, aunque austeras, nos dirigimos a la mesa, ya puesta, donde cenamos lomo de cerdo con verduras. Conversamos vacíamente sobre diversos temas y bastante pronto, dieron por zanjada la cena y nos fuimos a dormir. «Si quieres el escudo para mañana, habrá que madrugar – explicó el señor del Hierro». Ya a solas en la habitación, Sylie me miró con seriedad y preguntó: «¿Has gastado todo el dinero en el puto escudo?» «Tranquila, lo recuperaré – repuse en tono desenfadado». Ella me miró con cierto recelo, sin creerse una sola palabra y luego se encogió de hombros. La diosa Suerte, la amante del viajero, solía sonreírme, ¿por qué no esta vez?.

 

A la mañana siguiente me desperté con los golpes furibundos que ascendían sonoramente desde la forja. Sonreí. Aquel era mi pasaporte o, al menos, jugaría cierto papel en él. Me levanté y desperté a Sylie. Bajamos hasta la cocina donde ya se escuchaban pasos ajetreados. «Hola – saludó Kira – mi padre terminará pronto y te traerá el escudo». Asentimos y esperamos hasta que subió el señor del hierro, ya con la cota y con el escudo firmemente amarrado entre las anillas. «No es típico fijarlo de este modo – dijo mientras se encogía de hombros – pero servirá bien y luce como cualquier otro fijado sobre placa». El resultado, innegablemente, era bello. Los cuervos parecían envolver  a la espada que colgaba de la nada en el centro, la espada negra, los cuervos negros, las prendas negras y el campo sable; un llamamiento a la diosa Muerte, al Ave Negra que se lleva a los muertos. Tópico, supongo, quizá hoy buscase otros símbolos, pero de aquella era sólo un crío deseoso de impresionar, de hacer que las miradas se volviesen hacia mí al hacer aparición. Habida cuenta de mi situación, lo cierto es que lo conseguí: todas las miradas.

 

Sylie y yo salimos de la casa. Iba vestido con mi resplandeciente cota de mallas y unas ropas de lana sobrias, pero de calidad. La gente torcía sus miradas y me sentí el ombligo del mundo. Cuando ya nos habíamos alejado bastantes pasos de la casa, nos cruzamos con varios hombres armados, con el escudo de la ciudad en escudos y petos. Seguimos caminando hasta la esquina de la calle y nos detuvimos. Los guardias se pararon ante la puerta de la familia del Hierro y llamaron a la puerta. Esperamos allí a ver qué pasaba. Fue Kira la primera en salir, con Yoel; parecían haber salido con gran premura y en completo silencio y una vez fuera, continuaron con paso rápido pero sin correr; sin llamar la atención. Ella iba con capucha, aunque su cuerpo fornido y sus curvas de mujer no admitían demasiadas dudas. Cuando nos alcanzaron, nos dirigió una mirada torva. «En buena me habéis metido… – masculló». Nos explicó que la guardia había ido a hablar con su padre porque un hombre les había indicado que había sido presa de un ataque y que ella había tomado parte en el mismo. «No sé si me… harían algo; pero no quiero acabar presa… yo no… – farfulló con voz entrecortada, asustada». A decir verdad, en aquel momento pensé que, si se lo proponía, podría hacer pedazos con sus manos a casi cualquier prisionero masculino, aunque tal argumento poco o nada influiría a favor de que viniese con nosotros. «Dicen que en las mazmorras suceden cosas horribles… sobre todo a las mujeres – concluí». Se estremeció ligeramente y pidió que nos fuésemos. «No quiero estar aquí cuando acaben de hablar con mi padre…». Y así, no dirigimos a las puertas de la ciudad. Kira había salido bien provista y llevaba una pequeña hacha de mano atada al cinturón, botas altas, ropa, capa con capucha y una bolsita que reconocí perfectamente como la que habíamos utilizado para pagar el escudo de armas. Yoel, en cambio, parecía viajar sin nada más que la ropa que llevaba puesta y un brillo soñador en los ojos. «¿Y él por qué viene? – pregunté» y no fue sino tras un silencio incómodo cuando contestó con cierto atropello: «No pienso dejarla sola». “Y menos, con gente como vosotros”, le faltó decir.

 

«Si un guardia nos pregunta en la puerta, sois Ivinadeot – les dije enseñándoles el sello de la familia Ivin – no vaciléis. Siempre lo habéis sido. Recordadlo». Asintieron y seguimos caminando en silencio hasta las puertas, por las cuales, sin parada de ningún tipo, salimos a la inmensidad del bosque en el que, con la adquisición de la armadura, la amante del Viajero más que sonreírme, me había estrechado entre sus brazos.