Google+

miércoles, 21 de enero de 2009

De vuelta a la Casa Iviné

En un principio sólo buscábamos a alguien que nos abriera las puertas de la casa sin llamar demasiado la atención. Supongo que si no llega a mostrar aquel afán por el secretismo nunca habría llegado a formar parte de la Espada Negra.
Era tarde, aquella misma noche, cuando Nacho, habiéndose ido ya casi todos los presentes, me miró y sonrió. «¿De dónde has sacado esa armadura, chaval?» parecía preguntar su mirada.
Pasaron unos instantes, y así como estábamos, de mesa a mesa, le dije: «tengo una oferta para ti». Y él, tras unos segundos de meditación, se levantó y contestó: «supongo que, siendo un trabajo para mí, será mejor discutirlo en privado». Me levanté y salimos de la posada. Lo seguí a través de continuas callejuelas entre viviendas bajas, modestas hasta que nos detuvimos frente a una de ellas. Iba prestando atención al entorno y fijándome en él, intentando prever cualquier posible sorpresa. Él, con total naturalidad, abrió la puerta y encendió unas lámparas: «Pasa, por favor».
El interior de la casa no era tan modesto como podría suponerse, aunque más impactante que ese contraste, era el ver, resaltada, sobre todo aquel despliegue mobiliario, una espada ropera en una vaina enormemente labrada. Nacho, casi campechano, se quitó las botas y se dejó caer en un sillón. «Es tu casa, chico».
«Quiero que abras la vieja casa de los Iviné», dije sin rodeos. «¿El chulo de los comerciantes? ¿Qué coño se te ha perdido allí?», respondió con su eterna sonrisa. «¿La abrirás o no?», atajé. Y él, ampliando más aquella sonrisa fría, calculadora e irónica, concluyó: «Todo tiene un precio, joven, paga el mío y tendrás la casa más abierta que la puta más flexible de La Joven Loba». «¿Y cuál es ese precio?» «diez coronas de oro, salvo imprevistos… ya sabes: guardias, conjuros, trampas…». Asentí: «mañana tendrás cinco, y al término del trabajo el resto».
Volví al Ganso en Llamas y subí a la habitación. Estaban durmiendo. Cogí la bolsa del dinero de Kira y aparté quince. En la bolsa quedaban cinco míseras monedas. Dejé la bolsa a su lado y me acosté. «Suerte, no me abandones ahora».
Y fue entonces cuando pensé que Suerte y Muerte tenían una gran relación entre ellas. Todo había empezado con la Muerte, al morir Ernest Iviné y la suerte me había acogido bajo su protección y me había presentado a la gente adecuada en el momento preciso y ahora pronto volvería a depender de la muerte. Pronto se habría cerrado otro ciclo.
Nacho volvió a la posada aquella noche, lo saludé y sonrió mientras decía: «veinte». Lo miré contrariado. «Aún no te pagamos la mitad adelantada y…», empecé, pero me cortó con rapidez: «Eres un pez fuera del mar, rapaz, tienes algo extraño, paseas con una armadura y una espada que, seguro, interesan a más de uno; y aquí estás, un niñato saludable y sin una sola herida cruzándole la cara. Hay dos formas de explicar tal cosa: o pagas siempre o no dejas supervivientes. A efectos prácticos, era mejor abrir la puerta de todas-todas. O huir, claro. Y no huí. Ahora, la casa es tuya, dispón de ella como quieras». «Te puedo dar quince coronas ahora mismo… o veinte más tarde». Él se limitó a inquirir con su eterna sonrisa: «¿Qué piensas hacer con la casa?» y luego, ante mi mirada dubitativa, añadió: «si quisiese traicionarte, podría hacerlo». Y tenía razón, pero la información es un tesoro frágil que es mejor conocer siempre las manos por las que pasa. Lo miré en silencio. «Vale, vale – se rindió – ¿qué sois? ¿Visitaruinas buscando un cubil? ¿Mercenarios?». «¿Qué sabes hacer?», pregunté en respuesta. «Soy un mago con las manos y un duelista más que competente», dijo encogiéndose de hombros. «Nos quedaremos en la Casa Iviné». «¿No tendréis problemas con la guardia?». Y sonreí confiado: «No, no va a haberlos». «Me encantará comprobarlo». Y, arriesgando, le tendí mi mano, me la estrechó y durante un instante, frente a frente, las incipientes arrugas de la frente y las que le rodeaban los ojos, parecieron darle un aire sereno. Era un hombre fiel y, realmente, un duelista más que competente, como demostraría incontables veces como la más negra de las espadas negras.