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martes, 6 de enero de 2009

Clase de personas a las que odio, parte 3

Los malotes y sus derivados.

Siempre me han repugnado. Sus andares desequilibrados, para presumir de unos hombros que, generalmente, echan premeditadamente hacia delante, como si tuvieran algún serio problema de espalda. Que, como saludo a sus colegas, chocan con las frentes (verídico) o se golpean con los hombros (verídico también). Y esto, ya enormemente patético, no es sino el principio de una larga lista para odiarlos.
Imagen neutra, para no poner a ninguno de los sujetos que aparecen en Google imágenes buscando "malote", que, al fin y al cabo, tienen derecho a la propiedad de su imagen.


¿Qué pensar de una persona que se compra una mierda de moto y le jode el tubo de escape para hacer más ruido y que la choni de turno se entere cuando él, galante gilipollas, se acerca en su asno metálico surcando el mar de coches torpe e inconscientemente? ¿Y qué pensar de quien se dedica a hacer caballitos a metros de la gente, un sábado por la noche, con el teórico fin, supongo, de impresionar, y cuyo único logro es el aunar un único deseo: "Cáete. Cáete y para ya, coño". ¿Acaso no es bello? Por un instante, en un impulso, los pijos, los raperos, los heavys, los frikis, los borrachos, los porreros y todos los demás, unimos nuestros corazones y pensamos: "Cáete, hostia, cáete". No todos nos pondremos de acuerdo en posturas políticas, en decisiones culturales, en gustos artísticos... pero, al final, todos nos ponemos de acuerdo cuando la melodía es tan obvia.

El problema del malote, por otra parte, es que se parece bastante a un cáncer. Empezó siendo una persona normal (es que tenemos que aceptar la presunción de inocencia, porque en otras condiciones, presupondría que el sujeto ya había nacido malote, con sus botas ART y todo, para desgracia y sufrimiento de su madre, que en paz descanse), pero luego, por proximidad de otras células (individuos) malote, se contagió. Así, se define un tejido pseudocanceroso que se extiende por todas partes, en un proceso equivalente a la metástasis (todo encaja, ¿eh? Resulta incluso inquietante).

El caso es que, para más inri, se puede apreciar sin grandes dificultades que son clónicos. La configuración puede cambiar un poco, pero el fondo es siempre el mismo. Uno me podría replicar: "no te jode, es que por reducción al absurdo todos somos clónicos" y, si bien tendría razón, no creo que sea necesario llegar a tanto. Me explico: un malote (demostración falaz de que los dioses no existen, aunque, por otra parte, demostración falaz de que el Diablo sí) busca lo mismo que otro malote. No importa que sus ropas sean muy parecidas o no (que, a grandes rasgos, son tan parecidas como las ropas de dos heavys distintos, aunque este grupo tiene más años a la espalda y ha evolucionado bastante más adquiriendo cierta diversidad), ni su origen (al fin y al cabo hay una veintena de malotes clónicos por instituto o equivalente, número que desciende al llegar a bachiller a 5, y que sigue reduciéndose al llegar a la universidad a un número entre 0 y 2 por facultad (lo que marca ciertas tendencias de este colectivo); lo que importa para definirlos, agruparlos y catalogarlos, son sus míseros objetivos: una moto con la que lucir ante el resto de su manada, una mujer con la que lucir ante el resto de su manada, heridas en las manos con las que lucir ante el resto de su manada (seguramente afirmando que fue contra la cara de alguien, haya sido así o no) y, ante todo, tener una manada en la que cobijarse cuando se busque las cosquillas de alguien.

En cierto modo, entonces, es su manada; con su propio dialecto y comportamiento. Enfrentados a todo el que no sea uno de ellos, etc. Triste, a su manera. Llevaba años sin darle vueltas a este asunto, pero ayer, por razones que no vienen al caso, sinceramente, acabé pensando en todos los malotes que conocí, aquellos con los que llegué a tener cierto trato y aquellos que me parecían lo suficientemente retrasados como para no desear ningún tipo de contacto y pensé que, en el fondo, todos era el mismo tipo. La misma actitud, las mismas maneras, y ahí estaban, uno enfrentado contra sí mismo, como un animalejo ante un espejo. Y es que en el fondo, tampoco podían aspirar a más: humo de porros y su propio reflejo, temido, en un espejo cualquiera.