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sábado, 6 de diciembre de 2008

Reflexiones sobre Madrid...

Lo cierto es que no deja de sorprenderme lo raro que me resulta Madrid, lo extraño del acento, lo ajeno de sus costumbres (como el llevar pelucas los días festivos), lo malsonante de sus topónimos (pitis, valdezarza...); pero lo que me estresa enormemente es la masificación que rodea a cualquier evento. La cantidad de gente que recorre sus calles es tan amplia que se vaya a donde se vaya, el lugar está lleno; llegue a la hora a la que se llegue, la gente ya está allí, esperando, acechando, como hienas.

Adoro ciertos puntos de Madrid, como el Metro, como las posibilidades que ofrece la ciudad en general, las exposiciones, los museos, las calles llenas de monumentos y de edificios antiguos, la labor decorativa que inició Carlos III de Borbón; adoro sus parques, sus tiendas ciclópeas... pero odio otros. A muerte. Los odio con rencor, con furia. ¿Cómo habiendo tantas cosas, tantos lugares... están todos llenos a la vez?

Supongo que, acostumbrado a mi ciudad y a su población, esto puede, sencillamente, escapárseme, pero no acabo de verlo. ¿Cómo tanta gente de forma simultánea? Todo lleno, a la vez, como un campo lleno de langostas, que te devoran, que te empujan, que te carcomen; gentes sin paciencia, como en cualquier otro sitio, en un lugar en el que se necesitaría un gran dechado de ésta. Muy extraño, muy estresante, pero tan, tan bello. Qué buen recuerdo del Prado y su enorme y precioso Paseo...