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martes, 30 de diciembre de 2008

Piedad y compañerismo

La herida sangraba profusamente. Él se iba enfriando, palideciendo, su piel se volvía frágil y sus ojos se iban cerrando. Todo lentamente, salvo la sangre. Miró a su compañero con tristeza y le agarró las manos heladas. "Te pondrás bien - le dijo sin creerse una palabra -, eres fuerte y valiente, el Señor de la Guerra te protegerá. Dentro de un par de semanas estarás en alguna taberna con alguna jovenzuela y un pichel de cerveza y esto te parecerá lejano". No recibió contestación. El tiempo pasó y sus manos se pusieron tan frías como el hielo, aunque su pecho subía y bajaba lentamente, pesado, moribundo. "¡Joder! Te dije que no viniésemos. Es una oportunidad de hacerse un nombre, dijiste; pero solo era una oportunidad de morir. Debiste hacerme caso. Debimos quedarnos. Ahora todo está perdido". El joven soldado se dejó caer sobre el suelo, al lado de su maltrecho amigo, sin decir una palabra, sin contribuír más que con la condensación de su aliento al abandonar su boca y su nariz. Su gesto contraído por un dolor que en realidad no es capaz de entender, solo lo siente, subyace bajo su piel y en sus entrañas. "Debería rematarte y terminar con esto - dijo el joven - el Señor te llama a sus campos, a sus mesas llenas de cerveza y mujeres. El señor te llama y yo... no puedo hacer nada". Y el joven desenvainó su pequeña espada, un juguete comparado con las moles de acero que se blandieron desde caballos metálicos que relucían bajo el Sol como fuegos del Infierno. "Señor... ten piedad - dijo".