Google+

martes, 16 de diciembre de 2008

Osmia

Al cargar al hombre, noté como algo tintineaba en sus pantalones. Hacía un ruido amortiguado pero el sonido de las monedas era inconfundible. Fue ya cerca de las murallas de Osmia, alejado del camino principal, donde dejé el cuerpo del hombre. Seguía inconsciente, rígido, con respiración tenue y acompasada. Lo deposité en el suelo con cuidado y pensé largamente qué hacer a continuación. «Kira, podrías ir hasta las murallas e informar de que has encontrado a este hombre herido… de que vengan a ayudarlo». Ella me miró con cierta desconfianza pero terminó asintiendo. Mientras se alejaba volvió la vista atrás un par de veces. «Sylie, déjame el cuchillo», le pedí cuando Kira se había perdido ya entre los árboles. Primero rasgué la tela del pantalón, allí donde me había parecido oír las monedas. Una pequeña pieza de tela atada con tendones cayó al suelo. «Perfecto», pensé al agitarlo y sentir el tintineo. Después abrí la boca del hombre y, pensando en lo que iba a hacer, sentí un pequeño cosquilleo en el estómago. No me gustaba ensañarme, menos con quien no lo merecía, pero mis intereses habían cambiado: necesitaba la armadura y le ataqué, ahora necesitaba a Kira y, para ello, las cosas tendrían que salir todas seguidas. O no salir. «Sylie, agárrale la lengua». Sus labios se pusieron rígidos, sus ojos, serios. «No hay tiempo, Sylie, si esto supone una queja para ti, podrás contármelo dentro de un rato. Ahora no». Agarró la lengua del hombre y la estiró por encima de su boca abierta, colgante. Torció la vista cuando acerqué el cuchillo y sesgué el músculo. La sangre manó rápidamente, caliente, húmeda y maloliente. Tendimos el cuerpo de lado, para que no se ahogara en su propia sangre y nos alejamos entre los árboles. Sylie borró las huellas, lavamos el arma con agua de un pellejo y la secamos con hojas varias. Buscamos un lugar lejano y reconocible y allí enterramos las armas Volvimos por el camino principal hasta la ciudad. En la puerta había varios soldados con sus tabardos blancos, su capa y su armadura blancas. Junto a ellos estaba Kira que nos miró triste, mientras nos acercábamos. «Nos delató – pensé – aquí se acaba el juego». Maldije para mí mismo mientras nos acercábamos. Los guardias no parecían hacernos demasiado caso. Kira saludó. «¿Quiénes son?», preguntó uno de ellos. «Amigos – respondió Kira con sencillez – vienen conmigo».

 

Su inocencia volvía a brillar y mis planes se trenzaban prácticamente solos. Cualquier curador, sacerdote o herborista que pudiera atenderle la hemorragia e intentara averiguar qué sucediera, acabaría en casa de Kira tras unas cuantas indicaciones. De mí y de Sylie, en cambio, no tendrían más que un recuerdo vago de unos «amigos de Kira» con las ropas andrajosas y el pelo sucio.  Todo cuanto recordarían sería a un par de mozalbetes sucios, desaliñados y, por el modo de vestir, foráneos.

 

Caminamos por las calles de la ciudad. La gente torcía su camino para no encontrarse con nosotros, en aquellas calles adoquinadas, aquellos majestuosos edificios de enormes y brillantes paredes con enormes vidrieras de colores, y sus ropas de seda de arcoiris. Éramos extraños, ajenos y se notaba, con nuestras ropa deshilachadas de lana y algodón, con nuestras botas a medio deshacer... éramos mendigos, dos niños mendigos. Todos lo notaban.  «Tal vez no esté permitida la mendicidad...». 

Kira se detuvo, finalmente, frente a una casa de piedra, con un ala lateral de la que salían varias chimeneas. Dentro se oía el inconfundible choque del martillo y el crepitar del material ardiente. El ambiente era pesado incluso allí, en la puerta de la casa.

 

Kira llamó a la puerta. «¡Kira! – exclamó una voz infantil de niño en cuanto se abrió la puerta, «empezaba a preocuparme por ti, ya – terminó». Y luego, tras echarnos una ojeada a Sylie y a mí, preguntó: «¿Y estos… quiénes son?».