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miércoles, 3 de diciembre de 2008

Mundoabsurdo, segundo día [Pt. 1]

La mañana zarandeó a Alberto alejándolo de aquel onírico mundo en el que todo parecía cálido y coherente y devolviéndolo a la casa de Ernest, al frío salón, al sofá en el que yacía solo. La luz del día se filtraba desde la ventana inundándolo todo. «Es el mismo Sol», pensó Alberto, «pero la luz es otra, es distinta, ajena y desconocida». Fue hasta la cocina y buscó un cartón de leche, luego buscó el café y el azúcar. Calentó la leche en un hornillo de hierro y leyó lo que ponía el envase del café: “capaz de animar a un comatoso en los PP.P.”. «¿Qué coño serán los PP.P».

- Hombre, ¡hola! – saludó Ernest –. Me alegra encontrarte despierto, ¿es café eso que huelo?

- Hola, Ernest. Sí, es café.

- ¿Has dormido bien?

- Me duele un poco la espalda. El sofá no era un gran lugar para dormir.

- El sofá no es un lugar para dormir – replicó Ernest –, fuiste tú quien quiso dormir ahí.

- ¿Quieres café? – preguntó Alberto retirando la leche, negándose a volver a tocar aquel tema.

- Claro, hoy va a ser un largo día.

Alberto miró a Ernest con palmaria seriedad y enarcó leve e involuntariamente una ceja.

- He de mostrarte el mundo antes de llevarte con los meteomáticos, para que sepas cómo funcionan las cosas, qué deberías hacer y demás.

- ¿Ya? ¿Ahora?

- No, después del café.

«Este hombre tiene un problema con el café», concluyó Alberto recordando la fijación que había mostrado el día anterior.

 

Tomaron sus tazas de café en el silencio y la tranquilidad de la cocina.

- ¿Listo? – preguntó Ernest.

- Supongo – contestó Alberto con tono indiferente.

- O sí, o no – cortó Ernest, molesto.

- Que sí, que sí…

- Bien, pues vamos al garaje.

 

El garaje estaba repleto de extraños artilugios que se parecían misteriosa y ligeramente a los automóviles que conocía Alberto. El que cogió Ernest era un armatoste cuadrado lleno de tubos y de válvulas. Los asientos eran de piel, de un negro lustroso. Subieron y Ernest arrancó el vehículo con un ruido chasqueante, seguido de un leve murmullo sostenido.

- ¿Adónde vamos?

- Tenemos que ir hasta la OTRET – contestó Ernest con sencillez. Luego, ante el rostro interrogante de Ernest, aclaró: – la Oficina de Trabajos Relacionados con el Espacio y el Tiempo.

- ¿Viajes en el tiempo y esa clase de cosas?

- No, cielos, no – se rió Ernest –, los viajes se producen en el espacio. Se refiere al tiempo atmosférico… en las distintas regiones del mundo.

- Oh, ¿y queda lejos la OTRET?

- Sí, bueno… un poco. Tenemos que salir a los Grandes Bosques de los Estirados, atravesar las Montañas Permanente Nevadas de los Hombres de Nieve, llegar a las Costas a este lado del Océano, coger un barco, llegar a las Costas al otro lado y, luego, avanzar por los Páramos de la pereza, los Desiertos de la Meditación, la Cuna de los Hombres, el Lodazal de la Sabiduría, las Viejas Ciudades en ruinas, el horizonte, de nuevo el horizonte y… voilà! Estaremos a un par de días.

- Hm… ya.