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miércoles, 17 de diciembre de 2008

La casa de Kira

Era un niño, de unos diez años.  Nos miró con recelo y no se apartó de la puerta hasta que Kira se lo pidió: «Apártate, Yoel, y ve a avisar a padre”. El muchacho se apartó de la puerta tras unos instantes de vacilación y bajó unas escaleras a mano derecha, con paso apresurado. Unos segundos después los golpes que provenían de la forja, cesaron. Kira cerró la puerta detrás de nosotros y esperó cruzada de brazos. El señor no tardó en subir, era un hombre mayor, de unos cincuenta, con el rostro curtido, la piel tostada, el pelo fuerte y negro cayéndole por detrás en una larga cola. Nos miró con gesto hosco bajo sus pobladas cejas, aunque su actitud se dulcificó al ver a Kira. «Buenos días, hija, ¿¡Cómo te retrasaste tanto!? Empezábamos a preocuparnos…». Kira bajó la cabeza, un poco avergonzada. «Cuando venía hacia aquí… me los encontré, un hombre les estaba… atacando y… les ayudé a librarse de él. De ahí… mi tardanza». El hombre la miró con suma seriedad, luego nos miró a nosotros y, finalmente habló con voz grave, forzadamente tranquila: «Hija, ven. Hablaremos a solas». Yoel se quedó con nosotros mientras el herrero se alejaba con Kira. «¿Quiénes sois?», preguntó Yoel con su voz aguda. Lo miré y noté qué no le gustábamos, le dábamos miedo.  Sonreí, sin decir nada, una sonrisa cargada de intención. Sylie respondió «somos viajeros, gracias a los dioses nos encontramos con Kira, si no aquel hombre habría acabado con nosotros». Su voz sonó segura, aunque fría. «¿No sois demasiado jóvenes?». «Lo suficientemente adultos como para sobrevivir a un hombre armado…» dije en mal tono. El chico se calló y el tiempo pasó con lentitud hasta el regreso de Kira y su padre.

«¿Dónde dejaste el arma, muchacho? – preguntó el hombre con voz hosca». Miré hacia Kira y vi que no se atrevía a mirarme. «Joder, qué le habrá dicho». «Lejos, enterrada, un arma es una forma de llamar la atención y prefiero no hacerlo». Asintió y me tendió la mano: «Soy el señor del Hierro, en tiempos fui el armero más conocido de la ciudad». «Su nombre es por todos conocidos – le dije con una sonrisa amable –, del Hierro de Osmia es un nombre que ha cruzado Osmynd de punta a punta, señor; por ello venimos desde Magnia para saber si podría realizarnos un encargo». El hombre nos miró con cierta duda en los ojos, era obvio que había herreros capaces en la ciudad de la industria y la artesanía, era más que obvio; pero unas cuantas monedas siempre eran bien recibidas. «¿Y de qué se trata?». « Me gustaría un trabajo en acero, un escudo de armas… para fijar a una cota de mallas». Asintió ligeramente mientras se mesaba la barba desaliñada. «¿Cómo sería?» «Una espada negra sobre campo de sable con sotuer escarlata, con cuervos a ambos lados como tenantes. En el timbre deberían verse un guante y un yelmo negros». Sylie me miraba extrañada, tal vez por la jerga heráldica, tal vez preguntándose por el coste de la petición.  «¿Algún lema, un grito de guerra? – preguntó el herrero. «Sí – asentí –, Nil mortifi sine lucre». El hombre me miró con fría y completa seriedad. El tono de sus ojos se volvió más hosco, sus labios se pusieron rígidos. «¿En la vieja lengua?». Asentí. Él suspiró: «Quiero ver el dinero por adelantado», concluyó. Una bolsa dejó escuchar su sabroso tintineo mientras se la tendía. La abrió y examinó el contenido. «Esto será más que suficiente». «No quiero un trabajo corriente, quiero un gran trabajo». «Lo tendrás, joven, y mi hospitalidad. Podéis quedaros a dormir. El encargo estará terminado mañana por la mañana y podréis partir con él y con ropa nueva». «Agradezco vuestra hospitalidad», comenté en tono educado. «Muchacho, has pagado por el trabajo y la hospitalidad, puedes estar tranquilo. Yoel, llévalos a que se laven y llama a Meary para que les arregle un poco el pelo. Que estén presentables a la hora de cenar». Asentí, dócil y alegre. Y cuando el señor volvió a su forja, sonreí. Estaba claro que no se fiaba de mí, pero había que mimar a los clientes que pagaban. Por ahora, las cosas iban a pedir de boca.

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Era demasiado difícil resistirse a hacer un guiño a la obra de Pratchett.