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miércoles, 12 de noviembre de 2008

Primera noche en el Absurdo

Cuando hora y media después salieron del Agujero Negro, Ernest aún miraba a Alberto con cierta decepción.

- Debería mandarte a dormir debajo de un puente – sentenció.

- ¡Oh, vamos! Cállate… hice lo que tenía que hacer.

- Sí, y yo tendría que mandarte debajo del puente. Con lo guapa que era, esa sonrisa tan dulce, esa camiseta ceñida que le apretaba… todo. ¡Ay! Qué raro nos ha salido el Lógico. Si te habías tomado el Despertar, es increíble que te contuvieras…

- Bueno, haz lo que te dé la gana – atajó Alberto malencarado.

 

Cuando varios minutos después entraron en el portal del edificio de Ernest, este llevaba varios minutos callado.

- Dormirás en el salón – informó.

Alberto asintió.

- Si necesitas cualquier cosa… hay comida y bebida en la cocina – dijo Ernest mientras entraban en el piso – el baño está ahí, y si vas a fumar sal al balcón. Las mantas están sobre el sofá – terminó, señalándolas.

Alberto volvió a asentir.

- Parece que el Despertar no consiguió mucho – comentó Ernest con tono apagado.

- Durante los primeros minutos… habría cargado a la camarera al hombro, me la habría llevado lejos y le habría hecho el amor sin parar durante horas.

- Pero no lo hiciste…

- Me lo pensé mejor – Alberto se encogió de hombros mientras mostraba las palmas de las manos, como enfatizando su inocencia.

- Se te pasó el efecto…

- Supongo.

- ¿Cómo fue despertar?

- Fue liberador, durante ese rato… no pensé en mi hogar, no había más mundo que este, solo había posibilidades abiertas ante mí, solo había futuro. Futuro y la camarera. Había victoria, curiosidad y sexo.

- ¡Qué tiempos aquellos! – rió Ernest.

Alberto sonrió ligeramente, una sonrisa sincera y, en cierto modo, aunque solo en cierto modo, alegre.

- Que tengas una buena noche, Alberto – se despidió Ernest junto a la puerta de su habitación.

- Tú también, y gracias por acogerme – contestó Alberto mientras su compañero entraba a la habitación.

- Nada, hombre; era para animarte, no te iba a dejar abandonado y a la intemperie, ¿no? – finalizó Ernest.

Y la puerta se cerró. En la oscuridad y soledad de aquel mundo nuevo, Alberto recordó su vieja vida: la familia, la novia… ¿Lo estarían buscando? ¿Estarían todos juntos llorando su pérdida? Después recordó su Despertar, la liberación, las ganas de empezar una nueva vida… aquella sensación incontrolable de forjarse de nuevo a sí mismo, de romper con sus recuerdos y entregarse a su nueva vida. Se tapó con unas mantas y lloró hasta quedarse dormido entre recuerdos pasados y la promesa de un futuro inexorable.