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lunes, 17 de noviembre de 2008

Kira [Espada Negra]

Salimos de la ciudad bajo la atenta mirada de los guardias dispuestos en la puerta, que contemplaron nuestro aspecto sucio, nuestro pelo enredado y piojoso, nuestras ropas deslustradas, raídas, rotas, pero que, desde luego, no pusieron pegas a que abandonáramos el lugar.

Nuestros pasos nos dirigieron a Osmia, la antigua capital de Osmynd; la ciudad donde todavía viven las grandes familias nobles y sus esclavos, donde los edificios aún brillan relucientes y dorados bajo la luz del día, donde la guardia pasea con sus capas y uniformes blancos y sus espadas impolutas, a pesar de que a poco más de un día de camino se levante el pozo de corrupción, vileza y ruindad que constituye y constituía Magnia. Caminamos todo el día, deteniéndonos solo para almorzar las bayas que habíamos ido recogiendo por el camino. Seguimos caminando hasta que cayó la noche. Nos apartamos del camino e hicimos una hoguera. Decidimos dormir unas horas cada uno mientras el otro velaba el sueño de ambos y acordamos que yo haría la primera guardia. Allí, en silencio y cerca del calor del fuego, escuchando tan solo el crepitar del fuego, el crujido de las ramas con el viento y los correteos de las alimañas, me quedé dormido. Desperté con frío, con la hoguera apagada, aunque las primeras luces del día ya se habían asomado tras la línea del horizonte. Sylie estaba hecha un ovillo y respiraba de forma agitada, como sumida en un mal sueño. La agité hasta que se despertó. «¿Qué pasa?», preguntó entre inquieta y sorprendida. Luego reparó en que ya no era de noche. «¿Has hecho guardia toda la noche?». «¿Tú qué crees?», pregunté sonriendo por respuesta. No dijo nada más y continuamos el camino hacia Osmia. Y ese mismo día, a unas cuantas leguas de la ciudad, nos cruzamos con un hombre. Iba bien vestido y de su cinturón marrón, de cuero, colgaba una espada en una vaina muy ornamentada. Parecía un hombre robusto, y el tintineo de sus pasos parecía insinuar una cota de mallas. Sus ropas eran negras y su aspecto indudablemente fiero. Miré un instante para Sylie y señalé al hombre con un pequeño gesto. Sobraban las palabras. Seguimos caminando en silencio y nos dirigimos a su encuentro, y cuando estábamos a tan solo unos metros de distancia desenvainé la espalda. El hombre saltó hacia atrás con rapidez y me miró con ojos sorprendidos, inquietos, vivos, pero tranquilos, mientras desenvainaba su espada.  «Estate quieto, no hagas el gilipollas», dijo en tono hosco. Le ataqué en respuesta. Desvió el ataque con facilidad. «No te lo volveré a pedir, saco de pulgas». Me eché unos pasos hacia atrás para analizar la situación, él parecía dejarme la decisión: «vive o muere», parecía pensar. Nos quedamos quietos un rato, yo valoraba la situación, él esperaba casi con parsimonia. El estruendo de algo cayendo al suelo se escuchó a lo lejos, seguido de un «¡¡Joder!!» con una voz fuerte y aguda. «Mierda, se acerca más gente», pensé, siendo consciente de que nuestra única posibilidad residía en ser dos contra uno. Ataqué sin planteármelo más tiempo. Tal vez el recién llegado huyese al escuchar cómo se besaban las espadas o la lucha terminaba antes de que el otro llegase.  El hombre me encaró de lado y desvió la espada otra vez, aunque de forma más apurada. Giré sobre mí mismo para volver a tenerlo de frente. «Se acabó, niño», dijo cuando se tiró sobre mí con el arma en alto. Lo esquivé malamente ayudándome con la espada pero se volvió a colocar sin darme tiempo a nada, su siguiente ataque me arrancó el arma de las manos a base de pura fuerza. Los dedos me ardían por el golpe, la mano temblante se cerró involuntariamente formando un puño. «¿Qué coño hacéis?», preguntó una voz aguda y un poco nasal. El hombre pisó mi espada y echó una rápida ojeada a la persona que yo tenía justo enfrente: era una chica muy alta, ancha, de brazos fuertes y piel bronceada; de rasgos toscos y el pelo corto como el de un niño. El hombre hizo gestos de reconocerla. «Este hombre intentó robarme la espada… el único recuerdo de mi familia», dije con voz entrecortada, sinceramente dolida, mientras intentaba contener el dolor de la mano. El hombre vaciló un instante, tal vez ante lo inesperado de mi mentira. Mi voz casi llorosa pudo ayudar al engaño y el hecho de que él dudase hizo el resto. «No… él… él está mintiendo», dijo. La enorme chica lo miró con dureza. «Él me atacó», añadió, como dando énfasis a lo que estaba diciendo. El inconfundible sonido de un arco al dispararse rompió la torpe conversación y, casi al instante, el hombre se tambaleó hacia delante con una flecha atravesándole un omóplato.  Aguantó de pie y sin soltar el arma e intentó atacarme. Lo esquivé, la herida debía dolerle horrores pues lo esquivé sin grandes dificultades. Cayó de rodillas y, un puntapié de la recién llegada le alcanzó en el mentón. La sangre se escurrió por su boca abierta mientras él quedaba en el suelo, inconsciente. Miré a la enorme joven y le di las gracias por haber confiado en mí. «Si en algún momento mi familia vuelve a ser poderosa, te lo agradeceré como es debido». Asintió, con cierto recelo y me observó mientras le quitaba la armadura. «¿Qué haces?», me preguntó, «no está bien robar». La miré con una sonrisa, ya con la cota en las manos. «Este hombre me atacó para despojarme de mi arma, me parece justo hacer lo propio con su armadura». No me impidió ponérmela. «Al menos, lo llevarás hasta la ciudad, ¿no?». La pregunta me cogió por sorpresa: ¿cómo que llevarlo a la ciudad? ¿Y que todo el mundo viera al hombre herido y al joven armado con aspecto desharrapado cargando con él? «Verás… no me parece una gran idea; cuando se despierte… dirá qué ha sucedido, y es posible que la Guardia decida creer a este hombre en lugar de a mí. No pienso arriesgarme para salvar la vida de alguien que me ha atacado». La joven insistió una y mil veces en que, al menos, lo lleváramos hasta un lugar más cercano a las murallas donde lo pudieran encontrar con facilidad y pudieran atenderle las heridas. Y a pesar de lo que pueda parecer lógico, accedí. Si el hombre la había reconocido realmente, tal vez la chica acabase huyendo con nosotros, y aquella patada bien merecía el esfuerzo de portar al herido.

Empezamos a caminar cargando ella y yo con el cuerpo mientras Sylie nos seguía a un lado con el arco colgado a la espalda. «Me llamo Kira», se presentó la joven, «Kira del Hierro». Era una herrera o, al menos, venía de familia herrera; seguramente, dado el apellido, de una familia de armeros, y si aquel hombre tan bien pertrechado parecía haberla reconocido, lo habría hecho muy seguramente. Los buenos armeros eran un producto escaso.