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viernes, 14 de noviembre de 2008

[Espada Negra]

Resultó que el arco era demasiado recio para la pobre Sylie. Tenía un arco, sí; pero era, sencillamente, inútil, como descubriríamos al día siguiente. Así que las siguientes semanas las pasó enfrentándose a aquella dura cuerda, una y otra vez, y otra, y otra; hasta que los músculos de los brazos permanecían duros varios minutos, sobrepasando aquel dolor punzante como si docenas de cristales intentasen abrirse camino a través de la piel. Cuando por fin disparó flechas, demostró que puntería sí tenía, pero las fuerzas no le duraban más allá del primer disparo o, con suerte, del segundo. Era un factor a tener en cuenta, el arco imponía. Era casi tan alto como ella, con flechas  de pie y medio, y cualquiera que decidiese plantarme cara se lo pensaría mejor habiendo una flecha apuntando a su pecho. La magia está en los detalles, como aprendería mucho más tarde. Tal vez demasiado tarde. No dice lo mismo una frase a la luz del día, que cobijados por la noche, ataviado con ropas negras, con la voz amortiguada por un embozo, en un lugar apartado y con la mala fama por blasón. Todo está en los detalles. Siempre. Todo.

 

Así pasaron las semanas, los meses; pasó el invierno, el frío, pasaron los años. Cuatro largos años en los que seguí eludiando a la guardia y a los caballeros y soldadesca varia lo mejor que pude, observando la escena durante varios minutos y siempre dispuesto a salir corriendo por callejones, trepar tejados y saltar de casa en casa. «Tu suerte no es natural. Estás bendecido. Está más allá de toda lógica», me dijo Sylie un día. Y tenía razón. Hoy lo sé. Durante cinco años viví como una rata, mordisqueando las sobras de Osmynd, robando porciones de queso y grano; cuatro de ellos junto a mi compañera, y nunca nos cogieron, nunca. Durante ese tiempo evité meterme en problemas innecesarios, aunque algunas noches sentía sed; era sed de sangre. Lo supe desde un principio. Necesitaba volver a escuchar estertores de agonía, necesitaba volver a sentir la mano húmeda de sangre caliente; escuchaba a la oscuridad que me hablaba, como la primera vez, en una época que me parecía situarse a vidas enteras de distancia. En ocasiones... esa sensación no me dejaba dormir, y daba vueltas en torno a mi propia ansia. Era un monstruo. No me cabía duda. Y así llegó mi decimosexto ciclo y el decimotercero de Sylie. Habíamos ahorrado unas cuantas monedas de plata, un par de piezas de oro y mi manejo de la espada, aún carente de la sutileza que tendría un verdadero hombre de batalla, era más que aceptable y Sylie ya usaba el arco con comodidad. El destino nos había sonreído. Si hacíamos caso a lo que decían las viejas: los dioses aún guardaban planes para nosotros. Pero me pregunto si pensaban en aquéllos planes.

 

Tenía un plan, un plan descabellado que, al menos, podría solucionar parte de nuestras miserables vidas. Pero todo tenía que salir bien o no funcionaría en absoluto. Y no solo dependía de nuestro buen hacer. Dependíamos completamente de la suerte. «Comprendería que no quisieras arriesgarte, pero yo lo haré igual…», le dije a Sylie en tono fraternal. «Tú me salvaste arriesgándote por mí. Te has convertido en un amigo y un hermano para mí. No podría dejarte y vivir con la conciencia tranquila. Estamos juntos en esto, Ernest.». Y sonreí, generalmente no nos llamábamos por ningún nombre concreto. Pero nada me hacía tan feliz como haber usurpado el nombre de aquel monstruo.  Ahora yo soy él, el monstruo, el asesino.

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Ayer, cuando iba a colgar este texto, no funcionaba Blogger; bueno, en realidad apenas funcionaban páginas, salvo Nación Rolera, que aguantó estoicmente ese pequeño bache de la red.