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martes, 4 de noviembre de 2008

Consiguiendo un arco...

Agradecí su presencia cada día que pasaba. Tener a alguien con quien hablar o con quien compartir las cargas, pero también era una boca más que alimentar. Eran necesarios más robos… o más productivos. En el primer caso, habría una mayor probabilidad de que nos cogieran; en el segundo, o cambiaba de objetivos o los arruinaba, y cambiando a objetivos mejor asentados, tal vez nos encontrásemos con que no se amedrentaban ante una mísera espada, sobre todo si la empuñaba un crío. Y, cada noche, esos pensamientos me impedían dormir, y cada mañana estaba más cansado, más adormilado y, seguramente, más estúpido.

«¿Qué sabes hacer?», le pregunté un día a Sylie. «Sé leer y escribir. Sé coser y… y no se me da mal el arco. Nada mal», respondió con una sonrisa casi inocente. No hice más preguntas, la forma de sacar provecho de aquello era obvia, pero no sería tan fácil conseguir un arco. Nada fácil.

Y los días siguieron pasando. Algunos no comíamos… y cada vez eran más frecuentes. La gente evitaba las callejuelas por las noches. Eso me llevó a tomar una decisión. El mundo dibujaba sus vueltas y mi destino se iba definiendo. Durante días planificamos cómo conseguir el arco. Estaba todo pensado: tenía que ser a la hora a la que los mercaderes de Goglos y de Osmia venían a vencer sus mercancías a los artesanos de Magnia. Tras robar el arco, saldríamos corriendo y treparíamos por uno de los carros, desde donde alcanzaríamos el tejado de alguna casa, entonces espantaríamos al caballo para que no nos pudiesen seguir y huiríamos, tejado tras tejado, dejando atrás los gritos y las amenazas.

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Hay más texto escrito, pero prefiero definir bien como funciona la Justicia y algunos retazos de su código penal antes de seguir con la historia; así que, salvo inspiración divina, aquí se queda por unos días.