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lunes, 10 de noviembre de 2008

Consiguiendo un arco, pt. 2

Y es que la Justicia, en Osmynd, funcionaba de modo peculiar: los ladrones y asesinos eran, a su manera, legales, pero su contratación no. Es decir, cualquier sujeto podía, en base a la Ley, ofrecer cualquier servicio aunque, finalmente, no fuese de legal contratación. El asunto se resumía así: la contratación de esta clase de profesionales requería de un documento firmado por el contratante y el o los contratados, en el que se dejaba claramente especificada la misión, sus peculiaridades, y lo que se iba a pagar por ella. Los contratados llevaban a cabo el encargo con la mayor discreción posible y el contrato sólo salía a la luz si eran capturados, por lo que, obviamente, existía una tendencia clara a contratar a los mejores profesionales que se podía permitir; para que no dejasen rastro ni hubiese forma de cogerlos, defendiéndose así el anonimato de todos los implicados.

Si el contratado fracasaba y era encontrado o capturado, podía enseñar el contrato y lavarse las manos. La culpa se remitía, en este caso, al contratante, y sobre él se aplicaba la Justicia propiamente dicha, castigándole como si él lo hubiese llevado a cabo por su cuenta. No obstante, el contratado también se arriesgaba: para empezar, toda persona puede atacar a cualquier individuo armado sin tener que dar razones, salvo a la Guardia de la Ciudad, y, además, el fracaso podría caer sobre él, disipando toda traza de honor y reputación.

Así pues, Sylie y yo nos arriesgaríamos, al robar por nuestra cuenta y riesgo, sabiendo que nuestras manos iban en juego, salvo juicio por combate en el que un crío, como era yo entonces, sin ningún familiar ni amigo que pudiese arriesgar su vida por mí, no tenía nada que hacer.

Y así, una noche esperamos despiertos, como búhos al acecho de su presa, hasta que llegaron las carretas y se pararon delante de las casas. Uno  de aquellos mercaderes entró en la arquería por la que estábamos esperando. «Súbete al tejado y espérame», le dije a Sylie, «Y cuando me haya subido tírale estas piedras a los caballos». Dejé la espada en el tejado y me descolgué hasta la calle. Avancé hacia la puerta y me colé como una sombra en la tienda; en el mostrador, una señora besaba al comerciante mientras sus manos se movían por debajo de las ropas. En completo silencio examiné los arcos que colgaban de la pared, cogí uno y, después, un pequeño carcaj. El ruido de las flechas al moverse llamó la atención sobre mí. Los miré un instante antes de echar a correr. Las voces quedaron a mi espalda mientras me dejaba las piernas y los pulmones intentando alcanzar el carro. «¡Al ladrón!», gritó la mujer. Unos pasos corrían detrás de mí. Otra voz gritó dentro de la arquería: «¿Qué coño pasa, Ana?»

Apoyé un pie en una de las ruedas y me encaramé al techo, y desde allí, tras lanzar el arco y el carcaj, me encaramé al tejado. Varias flechas cayeron del carcaj mientras trepaba, el relincho furioso, dolorido y asustado y el ruido de los cascos cuando los caballos se alejaron desbocados fue como música en mis oídos.  Dirigí un instante la vista atrás, el tiempo suficiente para ver al comerciante corriendo tras su carro y, tras coger nuestras cosas, nos alejamos por los tejados tal como teníamos planeado,  como dos gatos sin dueño.