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viernes, 31 de octubre de 2008

Sylie

A partir de entonces mi vida se desarrolló en la calle, como la de un perro al que nadie quiere ni da de comer. Deambulaba por los sucios callejones impregnados de orina, de vómito, y del pútrido olor de los restos de comida. No era una situación fácil ni apropiada para un niño de ocho años, pero la espada imponía y el pueblo llano no era dado a las armas. Robé, atraqué y, algunas veces, maté. «Ellos o yo», me repetía una y otra vez, intentando convencerme, intentando olvidar sus rostros tensos y sus miradas desencajadas. «Ya has matado antes», pensaba en busca de consuelo, «esto no debería resultar tan complicado». Pero sí que lo era. La diferencia radicaba en matar a alguien que se lo merecía y matar a alguien que no. El proceso era el mismo, el planteamiento era totalmente distinto. Y luego, más tarde, las pesadillas también lo hacían distinto. Cuando maté a Ernest Iviné, me sentí dichoso, orgulloso; estaba satisfecho de mi actuación, pese a lo que había pasado finalmente. Sabía que la Justicia, cuando me muriese y mi alma vagase por los Divinos Campos, me estrecharía entre sus esbeltos pero firmes brazos y diría que mis actos habían sido justos. Ahora no. Al morir tendría mi castigo, me decía. Después… lo pensaba mejor. O tenía el castigo en vida y deambulaba enfermo, hambriento y moribundo, o lo tenía después de morir tras haber vivido como mejor supiera. Me decidí por asegurar lo único que tenía: mi mísera vida, mi patética existencia que se aferraba a la espada como si se tratase de su madre o de su amante. La necesitaba, ella posibilitaba mi forma de vida. No era el niño sucio, despeinado, piojoso, al que le estaban saliendo los dientes, lo que los atemorizaba, era aquella espada reluciente, blanca y cuyo filo relucía llamando a la Muerte. Ella me pertenecía y mi vida le pertenecía a ella.

Viví solo, asustado, confiando en que la gente tenía tanto miedo de mí, como yo de ellos. Fueron años duros, difíciles, tristes. No importaba cuánto robase o cuánto comiese, pronto me quedaba con las manos vacías. El campesinado no me daba problemas al ver la espada, pero tampoco llevaban gran cosa encima: pedazos de pan, algunos, y otros unos escudos.

Y fue un día, todavía con ocho, o quizá nueve años, cuando conocí a Sylie. Era una niña, todavía más joven que yo. Caminaba con su amo, un hombre de la familia Baeros, un hombre de la nobleza inferior cuya familia había alcanzado su posición, seguramente, emparentando a alguna hija con algún señor local o de Osmia. El señor era un hombre bastante mayor, tal vez unos cuarenta, malencarado, gordo, con el pelo ralo y castaño y una barba bastante desaliñada. Si no le hubiese dado un puñetazo en la cabeza tal que la mandase al suelo, ni le hubiese gritado: «Puta, aprende a comportarte o, al final, te utilizaré para lo mismo que a tu madre», no me habría llamado la atención. Pero lo hizo, y me llamó la atención. La niña me dio pena, allí, tirada en el suelo, agarrándose la cabeza desesperadamente, asustada, dolorida, llorosa. «No debo meterme en medio, no puedo liberar a todos los esclavos de la ciudad», recuerdo haber pensado; no obstante, increpé al hombre. Me miró durante un instante con asco, luego reparó en la espada y frunció el ceño. «No te metas en lo que no te llaman, niño». Como respuesta, cogí la empuñadura y desenvainé la espada, agarrándola a dos manos, como solía hacer. El hombre me miró casi con lástima mientras decía «Un crío con una espada es como un burro con colmillo», de forma totalmente despectiva. Me lancé contra él, aunque me esquivó con cierta facilidad y de no ser por la niña que se le tiró contra una pierna, desequilibrándolo y tirándolo al suelo, mi historia habría durado muy poco; pero una vez que cayó al suelo, terminé el trabajo.

La sangre hizo que la niña perdiese el control de su respiración, inspiraba con fuerza exagerada para quedarse sin aire al poco tiempo, estaba pálida y seguía llorando. «Tenemos que irnos, ¡no pueden relacionarnos con esto!», le dije. Ella me dio la mano y, juntos, echamos a correr. Y por primera vez en meses, me sentí feliz. «Todavía camino a oscuras, pero, al menos, ya no camino solo».