Google+

miércoles, 15 de octubre de 2008

mundoabsurdo, pt.4

Esta parte se continúa exactamente desde la frase en la que quedó Mundoabsurdo, pt.3. Lamento lo incómodo que pueda resultar leerlo.


En ese momento entró un hombre vestido con un jersey a rayas y unos pantalones anchos de color verde oscuro. Se los quedó mirando, su cara, de pocos amigos, parecía preguntar directamente: «¿Qué coño hacéis aquí?»

- Hola, doctor – saludó Ernest –, verá, este hombre que está a mi lado es Alberto, un viajero recién llegado de las tierras de la Lógica que busca… explicaciones y alguna frase de apoyo.

El doctor (según palabras de Ernest, al menos) examinó a Alberto de la cabeza a los pies.

- Así que un Lógico, ¿eh? ¿Cuánto tiempo llevas aquí, muchacho? – a pesar de la cara malhumorada del hombre, su voz era bastante amable.

- Acabo de… llegar – la palabra sonó forzada en labios de Alberto –, me encontré con Ernest que me trajo hasta aquí y…

- Para que te diese explicaciones y alguna frase de apoyo – terminó el doctor.

- Sí bueno, yo…

- ¿Tienes alguna pregunta concreta?

- ¿Por qué… por qué estoy aquí?

- Nosotros te trajimos.

- ¿Para qué? – preguntó con un deje de ruego en la voz.

- Albert, Albert… – el doctor parecía meditar sobre el nombre –, eres el informático, ¿no?

- Sí, supongo – no sabría decir si era el informático.

- Pues… te hemos traído para que desempeñes esa labor aquí. Bueno, no aquí, en la SRVI, sino al servicio de los meteomáticos.

- ¿De los meteomáticos? – saltó Ernest – Eso queda… muy lejos.

- Así es. Y tú lo has encontrado, a ti te corresponde llevarlo o hacer que llegue.

- Pero… ¿para qué lo necesitan? – Ernest parecía más dispuesto que nunca a defender que Alberto debería haberse quedado en su casa. En su verdadera casa.

- Ni idea, pero nos lo han pedido.

Ernest tragó saliva.

- Bueno, ¿alguna pregunta más?

Alberto se encontraba abatido. No encontraba preguntas. Ernest parecía haber perdido su inamovible buen humor. El doctor se despidió con la mano, dijo “suerte” antes de irse, y se marchó. Ernest y Alberto volvieron a quedarse solos, en silencio. Un largo silencio.

- Pero… yo… es decir…

- Calma, calma, Alberto. No tiene sentido que te preocupes. No te podemos devolver a tu vieja casa, así que cálmate, contempla el lugar, acostúmbrate a sus gentes, a sus construcciones. Conviértele en tu hogar y sé feliz. Este es un gran lugar. Y un día, no sé cuando, llegarás al sitio al que tienes que llegar. Te gustará. Pero es que está tan lejos…

Alberto miró de nuevo el frío y enorme edificio en el que estaban, intentando encontrar comodidad y cariño en alguna parte, pero las paredes eran brillantes, metálicas y, dado cómo era el mundo, seguro que estaban pensando en la forma de devorarlo.

- No me siento cómodo en este lugar – comunicó Alberto, con un tono de voz entre la vergüenza y la frustración.

- Después de una taza de café caliente seguro que te sientes mejor. Incluso podrías tomar unas tostadas. ¿Qué me dices? ¿Un rico café y unas tostadas con mermelada de melocotón te gustarían? – Ernest volvía a estar animado, o, en caso contrario, fingía muy bien.

Alberto lo meditó un instante.

- ¿Nunca podré volver a casa?

Ernest cogió aire, como preparándose para dar un gran discurso.

- Veamos. Siéndote sincero: no, no podrás.

- ¿Y ya? Es decir, ¿así, simplemente?

- Sí, así. Simplemente.

- Pero… ¿no hay esperanza?

- Bueno, tal vez la tecnología avance lo suficiente y llegues a volver a tu plano en algún momento de tu vida – Ernest se encogió de hombros. Sonaba tan fiable como si dijese que la lluvia podría remontar el cielo cayendo hacia arriba.

Se volvió a hacer el silencio. Alberto tuvo la sensación de que la enorme desconfianza por su nuevo «hogar» era excesiva, que tal vez su tristeza fuera excesiva y ofensiva para Ernest que, muy a su manera, se estaba esforzando en ponerle las cosas fáciles para acostumbrarse a esto. En principio, había sido sincero y cordial, le había explicado el asunto en el que, al parecer, dado que él no trabajaba en la SRVI, no tenía nada que ver, y le había ofrecido su apoyo. Sintió ganas de disculparse, pese a ser la víctima de un secuestro interplanario.

- Lo siento – comenzó –, no puedo evitar tener la sensación de que este mundo pretende agredirme, de que este edificio pretende engullirme.

- No, hombre, no – contestó Ernest con una sonrisa amigable –, este no quiere comerte. Y dudo que los habitantes de la Lógica sean parte importante de la dieta de los edificios.

Alberto estudió el rostro amable y sincero de Ernest, su sonrisa afable y sus ojos tranquilos.

- Salgamos de aquí – sentención finalmente.

- ¿A tomar un café? – Ernest parecía emocionado.

- En una terraza – consintió.

- ¿Al aire libre? – le preguntó con la voz llena de duda.

- Sí, ¿qué le pasa? ¿No tenéis terrazas?

- No, es que… la calle es mucho más grande. Si tienes miedo de que el edificio pretenda comerte, no entiendo porque no tienes el mismo temor con la calle. Es más grande, tiene coches y farolas con las que podría reducirte a zumo de persona con pulpa. ¡Ah! Y tiene sumideros por los que sorberte. A grandes rasgos, juraría que el interior de un edificio es más seguro.

Alberto inspiró con fuerza y cerró los ojos.

- Gracias, Ernest. Eres todo un apoyo – musitó, conteniendo sus ganas de gritar y de darle un puñetazo.

- Estoy aquí para ayudarte, no tienes nada que agradecer – Ernest le dirigió una sonrisa brillante.

«Y lo peor de todo – pensó Alberto – es que su sonrisa es sincera».

Alberto siguió a su compañero y guía, que se paró a despedirse de los trabajadores de la recepción. Ya fuera del edificio, Ernest avanzó por la calle en la que estaban, mientras Alberto contemplaba cada vehículo, cada farola y cada boca de incendios, pero, sobre todo, examinaba las rejillas de los sumideros. «Me estoy volviendo paranoico – pensó –, todo por culpa de este lugar maligno y maldito».

- ¡Hey! ¡Hey! – le llamó Ernest – Aquí mismo. Necesitas el café ya. No tienes buena cara en absoluto.

Alberto se acercó a él.

- En serio – resopló Ernest – estás pálido y tienes el rostro crispado. Venga, entra.

Al entrar, Alberto leyó el nombre del local. «¿A quién se le ocurre llamar a un bar “Agujero Negro” tan cerca de la SRVI? ¿Creerán que les reiremos el chiste?»

- Bienvenido al Agujero Negro – dijo Ernest –, el local nocturno por excelencia.