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sábado, 11 de octubre de 2008

Magnia

Todo empieza cuando el señor Ernest Iviné, la oveja negra de los Ivin, es enviado desde su ciudad natal, Osmia, hasta la lejana Magnia; la actual capital de Osmynd: la ciudad de la industria el progreso, la cuna del comercio, la capa del latrocinio y el asesinato y, muy seguramente, la punta de la ropera de todo aventurero.

Ernest Iviné, como todo hombre de noble cuna, partió de su ciudad acompañado de un, en este caso, pequeño grupo de esclavos para que trabajasen por él: una mujer y los hijos de ésta: un niño de siete años, yo, y una niña de diez; así como de un puñado de guardias para que lo escoltasen por las empedradas calzadas que separaban las ciudades.

Y así, un día, un lluvioso día que se me ha grabado a fuego (sí, sé que resulta irónico), llegamos a Magnia. La entrada en la ciudad fue triunfal, la Guardia salió a recibir a Ernest, al gran señor Ernest Iviné de la ciudad de la luz y el oro. Y, en aquel momento, me sentí dichoso. No era un esclavo cualquiera, era el esclavo de alguien importante; eso me hacía importante. Al menos, más importante que la gran mayoría de esclavos. Entramos en nuestra enorme caso: dos pisos del más lujoso granito de Goglos, la ciudad de la Piedra, con su ingente tradición de canteros, con muebles traídos desde las selvas del Jorati, el Emperador de la Jungla.

Era increíble. Y maravilloso. Lamentablemente, la dicha no duró demasiado. Los problemas se arremolinaron, crecieron y, finalmente, tuve que decidir: ser parte del problema o dejarme absorber por ellos. La decisión era obvia.