Google+

lunes, 13 de octubre de 2008

Los Cottar

Asdam tenía la boca pastosa y seca y el olor de la sangre saturaba su olfato. La luz del día brillaba en aquel cielo desconocido. La noche lo había dejado claro: no era su cielo. Empezaba a sentir la piel extremadamente seca y a sentirse mareado. Y los demás no estaban mejor. Envos, el líder de su pueblo, había ordenado continuar la marcha hasta encontrar algún río, pero el agua les había rehuido hasta el momento. Si lo seguía haciendo, pronto ninguno de ellos necesitaría agua. Nunca más.

Ninguno de ellos hablaba. No hacían nada, solo arrastraban sus pasos uno detrás de otro, casi mecánicamente, a través de aquel campo reseco. El sol, aquel brillante y maldito foco abrasador, continuó su lento avance a través del cielo hasta que empezó a oscurecer.

- Envos, ¿vamos a seguir caminando o nos detendremos? – preguntó una mujer con la voz ronca, torpe y rasgada por la sed.

- Descansar hoy será morir mañana – respondió Envos con una voz igual de deteriorada.

- Hemos caminado todo el día y no…

- Y no hemos caminado en vano. Al fondo se ven los árboles, y los árboles necesitan agua – respondió Envos inflexible.

«Debería decirle que no puedo más, que las piernas me tiemblan al caminar, que agonizo a cada paso y…».

- ¿Y si hacemos un pequeño alto? – preguntó un hombre con la voz un poco más limpia.

- Luego no querréis levantaros. Detenernos será nuestra muerte – Envos parecía preocupado.

«Un líder ha de mostrarse sereno y seguro de sí mismo. Sus dudas serán nuestra muerte, igual que la salida del sol».

Uno de los machos se dejó caer sobre el campo y no parecieron importarle los picotazos de la hierba seca. Envos lo miró, y después paseó la vista por el resto de su tribu. Otro macho se sentó en el suelo y una mujer lo siguió.

«El pueblo ha tomado una decisión».

Envos asintió. Su rostro no mostraba la indignación de que su pueblo hubiese decidido no hacerle caso.

Uno a uno se fueron sentando. Al final quedaron Asdam y Envos.

- ¿Tú no te sientas? – preguntó Envos. Era imposible saber si su voz pretendía mostrar orgullo o desprecio.

- Haré lo que Envos diga – afirmó Asdam tajante, malhumorado, sintiendo como le ardía la garganta al hablar. El grupo sentado dirigía sus miradas hacia él, aunque las fueron apartando con el paso de los segundos.

- Siéntante – contestó Envos.

Asdam se sentó y rezó para que lloviese, aunque quizá sus dioses no tuviesen poder estando fuera del hogar. Volvió a mirar al cielo, disipando cualquier duda que le pudiera haber quedado de la primera noche: no eran las estrellas de su cielo. Estaban bajo otras estrellas. Saberse tan descolocado le daba ganas de llorar. Se recostó sobre la hierba y cerró los ojos. Y en algún momento de la silenciosa y seca noche, se quedó dormido.

El sol lo despertó. Cuando abrió los ojos vio al resto de su grupo. No había esperanzas en sus rostros, no había espíritu. Estaban muertos en vida, y muy próximamente estarían literalmente muertos.

- ¡En pie! – gritó Envos con una voz destrozada que se desgarró completamente al intentar mantener el grito.

Nadie dijo nada, aunque en todas las caras podía leerse un «¿para qué?».

- Nadie dirá que a los Cottar nos cogió la muerte postrados. ¡Si en algún momento caemos, será muertos!

El grupo comenzó a levantarse, sin ánimos, y reemprendieron la marcha entre la arboleda. Debilitados, torpes y mareados, apartaban las ramas y la maleza, esquivaban las raíces y las zarzas y continuaban avanzando. Pronto cayó el primero, nadie intentó recogerlo. El segundo, la gente caminaba, cargar con ellos sería autoproclamarse muertos. Uno por uno fueron cayendo desfallecidos.

- Hasta aquí hemos llegado – tosió Envos a Asdam y a Egnha, los que todavía quedaban en pie –, ya no hay nada más que hacer.

- Nuestros dioses nos cobijarán – contestó Asdam.

- Nuestros dioses no están aquí… – respondió Egnha, a caballo entre la tristeza y la frustración.

- Pero – comenzó Asdam.

- Tiene razón – asintió Envos.

- ¿Entonces…?

- Seguid caminando, y que no se diga que un Cottar se rindió antes de morir.

Y los tres Cottar siguieron caminando, sabiéndose muertos.