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martes, 28 de octubre de 2008

La huida, pt.2 [Espada Negra]

La oscuridad me había hablado y su mensaje había sido claro. Me puse en pie, en silencio, y bajé hasta la cocina, cogí un cuchillo y examiné la hoja bajo el leve brillo de las estrellas que se colaba por la ventana: era un cuchillo largo, grueso y puntiagudo, seguramente concebido para sangrar cerdos o vacas. Era perfecto, y una vez alejado de la ventana se convertía en un pedazo más de oscuridad, un pedazo afilado y, según deseaba yo, mortal.

Volví al segundo piso, los nervios apenas me dejaban respirar; notaba la garganta atenazada como si unas enormes manos de hierro me intentasen ahogar. Quería gritar, quería llorar y quería terminar con todo. Llegué hasta la puerta de la habitación del señor Iviné; desde allí, tan cerca, el ruido me parecía mucho más atroz. Sólo aquella densa nube negra se interponía entre la puerta y yo; y allí, de pie, quieto, vacilé. Cada vez los gritos resonaban con más fuerza, o eso me parecía. La oscuridad me susurraba: "hazlo, hazlo ahora". Finalmente, llamé a la puerta. No estuve seguro de haberla golpeado suficientemente fuerte hasta que los ruidos cesaron.

«¡¿Qué?!», tronó la voz de Ernest. «Soy yo, mi señor», le contesté. Y abrió la puerta. Estaba desnudo, con el pelo enmarañado, la piel perlada por el sudor y el miembro erecto. Tras él, un bulto estaba inmóvil sobre la cama. «¿Qué coño quieres?», preguntó finalmente con un tono impaciente y brusco.

Sus ojos acostumbrados a la luz de las velas no fueron capaces de percibir el cuchillo que dirigí desde las sombras, con todas mis fuerzas, hacia su barriga, lo hundí hasta la misma empuñadura y el señor Iviné se tambaleó mientras los ojos abiertos de par en par se volvían vidriosos. Tire del cuchillo hasta extraerlo, Ernest se desplomó hacia delante, de rodillas, mientras de la herida manaba una sangre espesa y negra como la oscuridad que me había convencido de matarlo. Él no gritó en ningún momento, solo gimió cuando el cuchillo lo perforó. Así, con él arrodillado, rasgué su garganta sin vacilar. La sangre me salpicó, lo salpicó todo. Tiré el cuchillo al suelo y miré expectante a mi hermana. En el suelo, Ernest se intentaba revolver, casi sin fuerza. «¿Qué has hecho?», gritó mi hermana. «Te he salvado», contesté. «¡Lo has matado!». «Era un monstruo», repliqué exasperado. Ella me había dicho que no aguantaba más, solo hice lo que debía hacer, me repetía una y otra vez. «Nunca mató a nadie», respondió testaruda, «tú eres el monstruo». Sentí como la cara me ardía de rabia. «Hermana, ven conmigo, podré conseguir comida para los dos». Su réplica fue tajante, inamovible: «no me iré con un asesino».

Sin volver a dirigirle la palabra recogí aquello que me pareció útil: el sello de la familia Iviné, una mochila, carne seca, un pellejo lleno de agua y la espada, una brillante espada larga con el emblema de los Ivin en el puño. Miré a mi hermana una última vez, ansioso de que hubiera recapacitado y accediese a venir conmigo. No me quería ir solo, era un niño pequeño y me iba a quedar solo, y saberlo me daba mucho más miedo que haber matado a Ernest, más miedo que las posibles consecuencias que me pudiera acarrear; pero ella no dijo nada. Nada. Así pues, salí de la casa, el cielo lloraba y yo lloré. Mis manos aún estaban manchadas de sangre.