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miércoles, 22 de octubre de 2008

La huida, pt.1 [Espada negra]

Cuando todo quedó en silencio, seguía despierto, sin saber qué hacer, sentado en la cama de mi hermana. Al final volví a mi dormitorio, me acosté y, con los ojos fijos en la negrura del techo, dejé pasar las horas. Cuando me desperté al día siguiente, me levanté y me vestí. Bajé al primer piso y me encontré a mi hermana en la cocina. Parecía ausente. Mi pobre hermana, una niña de once años. «¿Qué te pasa?», le pregunté. Me apartó con la mano y siguió con sus cosas. «Si me necesitas, estaré ahí. Siempre», añadí . Todos los aspirantes a escudero, aspiran también a ser caballeros, con la ilusa ensoñación de un niño, que ve en el caballero el perfecto ideal de justicia y buen hacer. Ella sonrió, sin decir nada.

Y mi vida siguió así. Mi hermana se volvió una persona triste y callada. Por las noches se escuchaban los gemidos. Todas las noches. Y de vez en cuando se escuchaban golpes y gritos, aunque no duraban mucho. Pasados unos instantes, solo quedaban sollozos, gemidos y jadeos. Y en aquellos momentos, la oscuridad de la noche parecía más negra y, sobre todo, más espesa. Una bruma que llamaba a La Muerte, aunque entonces no supe entenderlo.

Una mañana, cuando bajé a la cocina, mi hermana estaba sentada en una silla, con la cabeza hundida entre las manos. Sollozaba ligeramente. «¿Qué te pasa?», volví a preguntarle. «No lo aguanto más», me contestó. Y tras vacilar, añadió: «estoy preñada, me fuerza por las noches y me pega si intento resistirme. Me duele todo, hermano». Esas palabras se me clavaron como un cuchillo. Era su hermano, el único que podía ayudarla y fue aquella noche, entre golpes y gritos cuando, entre la bruma, lo comprendí.

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Tengo ya la parte 2 de La huida, que queda en un punto, a mi parecer, más interesante; pero esta semana ando bastante mal de tiempo. La colgaré mañana, o pasado, dependiendo de si se me ocurre algo mejor o sucede algo especialmente interesante.

Un saludo a mis lectores.