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sábado, 18 de octubre de 2008

La familia Ivinadeot

Durante un tiempo servimos como fieles esclavos. Cada uno de nosotros tenía su propia habitación, era increíble. Me sentía tan... completo. Una habitación para mí. Dudo que hubiera dos docenas de esclavos en la ciudad que pudieran decir lo mismo. Nuestro señor nos mandaba los recados, todos. Él sólo hablaba con los más ricos comerciantes de la ciudad: acordaba tratos financieros, firmaba préstamos y compraba por un dinero y vendía por mucho más. Mi madre cocinaba y mantenía la casa ordenada, mi hermana hacía las compras y ayudaba a mi madre, y yo escribía y me ocupaba de los caballos, las armas. Un día sería su escudero, me decía; y eso bastaba para tenerme contento. ¿Qué más podía pedir?

Según pasaba el tiempo, más seguro y resuelto me volvía. Me acostumbré a la gran ciudad: al ajetreo, a los tejemanejes, me acostumbré a oír a los grandes comerciantes; aquellos príncipes envueltos en lujosas sedas y poseedores de incontables riquezas. Cada día nos despertábamos temprano para trabajar, y cada noche nos acostábamos, igualmente temprano, entre los gemidos y jadeos que salían de la habitación de Ernest. Nos iba bien, o eso creía. Al cabo de un tiempo, a mi madre se le empezó a hinchar la barriga, pronto daría a luz a un nuevo Ivinadeot, seguramente un bastardo Ivin, como tantos otros miembros de su familia esclava. Era común y ni ella ni nosotros nos quejamos. Pronto habría otra boca que alimentar y, luego, un par de brazos más para trabajar. Pero cuando llegó el momento, delante de la comadrona, entre gritos y sangre, mi madre murió. La criatura surgió muerta, azulada, ahorcada en su propio cordón umbilical. Fue un día triste. Para mí, para mi hermana e incluso el señor Iviné lloró.

La vida se nos complicó entonces, yo tuve que pasar a hacer las compras y los recados fuera de la casa, mientras mi hermana se ocupaba de todo dentro. No llegó ningún Ivinadeot más a la casa, a pesar de las cartas enviadas a Osmia. Nuestro señor se volvió taciturno y malencarado, agrio.

Y así pasaron los meses. Hasta que una noche volví a oír jadeos en la habitación del señor Iviné. Una voz aguda gemía, a caballo entre el dolor y el placer. Esos ruidos habían desaparecido de la casa desde la muerte de mi madre. Me levanté sin hacer ruido y fui a la habitación de mi hermana como hacíamos cuando vivía mi madre. Era tan difícil dormir escuchando los grititos, que nos quedábamos hablando hasta que todo terminaba, siempre en susurros, siempre a escondidas.

Me quedé en el quicio de la puerta, sin saber qué hacer. Mi hermana no estaba en la habitación e incluso con ocho años, até el resto de los cabos. Volví a mi habitación y, despierto, esperé que todo terminara.