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domingo, 5 de octubre de 2008

La familia Iviné

En la ciudad de Osia, la ciudad de la luz y del oro, de los palacios de marfil y de los caballos de alabastro, la ciudad de los caballeros y de la nobleza y antigua capital de Osmynd; las personas podían pertenecer a tres grupos: las familias nobles, las familias esclavas de las familias nobles o las familias de trabajadores independientes. En Osmia era fácil saber a qué clase de familia pertenecía uno, muy fácil: las familias nobles y las familias esclavas tenían una misma raíz y solo cambiaba el sufijo; mientras que para las familias de trabajadores independientes se solían reservar apellidos que, a todas luces, carecían de valor o de nobleza. Así, la familia Santu, se compondría de los nacidos en el seno de la familia o Santuoné y los esclavos nacidos de sus familias de esclavos, que se llamarían Santuadeot, pues esas eran las terminaciones: -né, para la nobleza y -adeot para la servidumbre. Los apellidos de las familais burguesas dependían de su oficio: del Hierro, del Acero, del Bronce, etc. para los herreros; del Pino, del Roble, de la Caoba para los carpinteros; del atún, de la trucha para los pescadores, y así con todos.

La ciudad de Osmia no perdía el tiempo en refinamientos absurdos. Las cosas eran como los dioses habían decidido, y un esclavo estaba tan orgulloso de ser esclavo como los nobles de ser nobles. O eso decían los nobles, aunque, realmente, nadie le preguntaba a los esclavos.

En la ciudad de la luz y el oro, había nueve grandes familias: los Santu, los Eanos, los Osami, los Vina, los Natos, los Ciros, los Ivin, los Dubla y los Martos. El pasado de estas grandes familias se conocía bien, todas habían pisado cabezas, empuñado espadas y contado monedas: el poder tiene unos pasos previos y, en esencia, siempre son los mismos. Otras familias habían participado en tantas o más batallas, habían contado tantas o más monedas y habían pisado tantas o más cabezas; lamentablemente, hay otro factor que se repite en toda historia: el azar.

El azar ha hundido familias humildes y ha levantado reinos de entre las ruinas, ha terminado con vidas de nobleza indiscutible o a dado una estirpe de reyes frutos de una violación. El azar es la fuerza última que lo mueve todo. Hasta los más grandes dioses se someten a la diosa Azar, que, sentada en la Divina Mesa contempla expectante, con la cara oculta salvo sus labios torcidos en una sonrisa que muestra a partes iguales bondad y crueldad, cómo se suceden los acontecimientos en los mortales reinos que se extienden a sus pies.

Esta historia que procedo a contaros también está a los pies del azar, como todas las demás. Todos somos títeres colgando de hilos invisible controlados por una mano que se pierde en las alturas. Yo incluido.