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miércoles, 10 de septiembre de 2008

Los inicios de Mundoabsurdo, pt.2

Ernest atravesó las calles como si fuese un guía turístico, haciendo comentarios sobre la edad, el estilo o las peculiaridades de los edificios que se iban encontrando.

- Disculpa – interrumpió Alberto -, pero soy un viajero interdimensional, o eso afirmas, y creo que tenemos cosas más importantes de las que hablar.

Ernest lo miró dubitativo durante unos instantes, con la mirada que se podría dirigir a unas cebras jugando al póker. Se aclaró la garganta, tragó saliva y se puso serio:

- ¿De qué crees que deberíamos hablar?

- ¿De mi estancia en un lugar que no me corresponde?

Ernest inspiró y levantó la vista. Cerró los ojos, los volvió a abrir y suspiró.

- Nadie ha dicho que no te pertenezca. Este es tu sitio ahora.

- ¡Dijiste que estaba al otro lado del espejo!

- Sí, pero no dije que estuvieses en el lado equivocado, ni que no te correspondiese estar aquí. Vivías en un lado y estás en el otro. No es ni mejor ni peor.

- Pero… ¡mi casa está al otro lado!

- No hay “tu casa”. Estás aquí, estás tú; ésta es tu vida. ¿Cuando naciste mendigaste por volver? Has cambiado de estado, de status. Acéptalo. No está en nuestras manos reenviarte al otro lado. Sencillamente.

- ¿Y qué está en tu mano entonces? – preguntó Alberto airado.

- Hacer que te sientas bien aquí, hacer que sientas un hogar aquí.

- Pero…

- Este va a ser tu hogar, no puedes cambiar eso. Te… han traído.

- ¿Qué? ¿Quiénes? – no era lo mismo haber atravesado las barreras de la física por accidente que haberlo hecho bajo secuestro. Había un matiz importante, uno de color obscenamente jurídico y moral.

- Los operarios de la S.R.V.I. – contestó Ernest encogiéndose de hombros.

- ¿La qué?

- Bueno, es una… empresa pública, que se dedica a traer gente de… otros sitios, hasta aquí.

- Pero… ¿por qué? – Alberto no daba crédito. No solo secuestraban gente, sino que los financiaba el estado. Su sueño se transformaba en una pesadilla Orwelliana.

- Porque os necesitamos.

- ¿Para?

- Bueno… para desempeñar alguna función concreta – contestó Ernest con indiferencia y encogiéndose de hombros otra vez.

- ¿Y qué desempeño yo?

Ernest pareció dudar. Él era un habitante más, no estaba acostumbrado a lidiar con Recienllegados. Calibró su respuesta durante unos instantes y, finalmente, preguntó:

- ¿A qué te dedicabas?

- Soy informático – contestó Alberto recalcando sobremanera el “soy”. Hablar en pasado sobre si mismo le parecía como indicar que se había muerto, y no le hacía la más mínima gracia.

- Infor… ¡ah! ¿Esa cosa de los ordenadores?

«¿El hombre de los viajes en el espaciotiempo no está seguro de esto? Sencillamente perfecto.».

- Sí, esa cosa – contestó malhumorado.

- Eso lo explica todo entonces. No tuvimos ordenadores hasta… bueno, hasta que os trajimos a vosotros – dijo con una sonrisa y como si estuviese quitándole importancia al tema –. Verás, es que aquí nunca habían sido necesarios, a decir verdad; pero cuando se desarrolló la S.R.V.I., los cálculos necesarios para traeros en condiciones óptimas de seguridad resultaron complejísimos y tardábamos años en traeros desde vuestro mundo.

- ¿Y no se os ocurrió que quizá no os compensase traernos? ¿Que a lo mejor queríamos seguir con nuestras insignificantes vidas en nuestro lado del espejo?

- ¿Por qué querríais seguir con una vida insignificante? – Ernest enarcó una ceja –. Os damos la posibilidad de un nuevo renacer, de descubrir cosas de forma constante, de entender nuevas formas de energía, de encontrar nuevas formas de pensamiento. Es un gran partido.

- Pero no es nuestro partido. Es vuestro. Mi vida… nuestras vidas estaban allí, y nos las arrebatasteis.

- Creo que en la S.R.V.I. habrá gente que te explique las cosas de forma más clara que yo.

- Pues vamos.

- Pero… ¿y el café? – su gesto fue de consternación absoluta.

- ¿Qué le pasa? Lo dejaremos para luego, ¿no?

- Tú sabrás, tú sabrás – Ernest negó con la cabeza, como insinuado que Alberto cometía una grave imprudencia. Luego, señaló una calle –; la S.R.V.I. es por ahí.

Y, ahora en silencio, echaron a andar.



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Todavía sujeto a crítica. Proceded, si os place.