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domingo, 24 de agosto de 2008

Sin título

En el suelo, tirado, con los miembros doloridos, dejé pasar las horas, como si nada importase, pues, tal vez, nada importaba. La estampa del cielo cambiaba con el viento, las nubes se sucedían monótonas y alterables, cambiantes, como un dibujo bajo la mano de un dibujante inquieto. El Sol se desplazaba y pronto, junto al dolor, empecé a sentir el frío, esa clase de frío que te destroza por dentro, que hunde sus garras heladas de obsidiana y rasga la piel y la carne con crueldad. El azul y las nubes dieron paso al negro y el blanco y las estrellas, tranquilamente, titilaban, como si alguien, ahí arriba, se molestase en guiñarme un millar de blancos y perfectos ojos.

El dolor no cesaba.