Google+

viernes, 22 de agosto de 2008

Preguntas inocentes

- ¿Y de dónde vienen los niños? - preguntó el niño al anciano que los cuidaba.
- Bueno... - el anciano se mesó los largos cabellos que le caían lacios y blancos sobre los hombros. Parecía que le estaba costando encontrar una explicación acorde. Cuando al fin volvió a hablar, parecía enormemente orgulloso de su idea -, es como una guerra.
Las miradas de todos los niños, desde los más pequeños a los que, seguramente, ya supiesen como funcionase el asunto, se volvieron hacia el anciano. Miradas expectantes unos, sonrisas irónicas otros.
- Hay un gran ejército - explicó el anciano - un enooorme ejército de veloces y fuertes soldados que... intentan... la toma de un muy bien defendido castillo.
Una risa ligera empezaba a contagiarse entre los niños de más edad, convirtiéndose en un sonido de fondo permanente y monótono.
- ¿El castillo está en las mujeres? - preguntó uno de estos niños que se reía.
El anciano lo miró con mala cara.
- Sí, así es - respondió finalmente con un pequeño suspiro.
- Entre las piernas de las mujeres, ¿no? - preguntó el mismo niño.
- ¿Quieres hacer el favor de callarte? - le espetó el anciano.
Los niños mayores estallaron en carcajadas. El anciano, haciendo caso omiso, prosiguió con su historia.
- El caso es que las mujeres tienen ese castillo y los hombres tienen el ejército. Ninguno de los dos vale nada sin el otro; ni el castillo sin ejército, ni el ejército sin castillo.
- ¿Y por qué es el hombre el que tiene que atacar a la mujer?
- Porque es el hombre el que hunde el estandarte en el hoyo - rió uno de los mayores.
- Bueno, se acabó - les gritó el anciano - dejad a los pequeños. Id a divertíos, a jugar, a correr, a pelearos o a plantar estandartes, pero dejad a los pequeños en paz.
Los mayores se levantaron entre risas y empezaron a alejarse.
- Hundir el estandarte... - musitó el anciano con un suspiro.