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jueves, 7 de agosto de 2008

Omnia mutantur

No me considero un alarmista de los que se exalta entre sentidas aseveraciones del tipo “qué rápido pasan los años” o “cómo se nota el paso del tiempo”, pero, desde luego, sin ningún tipo de duda, según transcurre este, la gente cambia.
Es gracioso – bueno, realmente no lo es, sería más adecuado el término «irónico»– ver cómo las personas se transforman con el paso de los años en sus viejos enemigos, demostrando que, en ocasiones, lo que se odia de un concepto no es aquello que uno no soporta, aquello que le agrede en lo más hondo; sino que odia lo que envidia. Odiamos aquello que querríamos ser o aquello que, de algún modo, creemos que representa; la libertad, la desfachatez, el triunfo, el poder; lo que sea.
Y, supongo que por eso, es triste ver como viejos conocidos se transforman en sus propios viejos enemigos, y comprender cómo tales enemigos no eran sino envidiosos conceptos de aquellos niños que, como nosotros, creían en el honor, la virtud y la justicia.
Omnia mutantur, supongo.