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jueves, 7 de agosto de 2008

Los inicios...

Era un día como otro cualquiera y Alberto acababa de salir de su casa y caminaba tranquila- mente en dirección al trabajo ya que el tráfico a esas horas era solo para conductores extre- mófilos. Era el típico trabajador, es decir: se ofrecía amistosamente a ser tratado casi cual esclavo a cambio de un sueldo aceptable y una cierta estabilidad. Esa era su situación, como la de casi todo el mundo; se podría decir, casi, que esa era La Situación, así, en plan abstracto.

Alberto dejaba atrás edificios y calles en su camino hacia el trabajo, era inevitable, incluso las calles y los edificios que más le gustaban quedaban tristemente atrás, solos y, en cierto modo, olvidados a su espalda.

Hoy podría (hasta los narradores se equivocan de vez en cuando) ser un día como cualquier otro; pero, en tal caso, nadie se rebajaría al nivel de relataros la aburrida e insulsa vida de Alberto.

Alberto era, en cierto modo, típico, como típicas son casi todas las personas, aunque se recreen en sus rarezas y excentricidades y se crean únicos en su especie. La verdad es que Alberto era una persona muy poco… peculiar: era un varón de veinticuatro años, moreno, de ojos oscuros y de piel blanca ligeramente bronceada, tenía una novia de dieciocho que tenía el pelo castaño, la piel ligeramente más bronceada y los ojos marrones. Trabajaba como informático en uno de los bancos más importantes de la ciudad, arreglando los problemas de los ordenadores y colaborando con la seguridad del sistema. Su novia había empezado a estudiar filología clásica. Tenían toda una vida para estar juntos, pero hay vidas que duran más y vidas que duran menos. Llevaban tres meses, una semana, dos días y unas cuantas horas cuando, en muchos aspectos, aunque no en todos, la vida de Alberto tocó a su fin.

Alberto caminaba por la calle cuando, de repente, sin avisar (siempre que consideremos que aquel extraño zumbido estridente no era un aviso), el universo (o lo que los Alberto denominaría como tal) se contraía de forma espeluznante y todo parecía chillar en infinidad de colores, como en El grito de Edward Munch. Alberto caía a velocidad vertiginosa, o eso pensaba – aunque en realidad no estuviese cayendo ni fuese él que iba rápido, todo sea dicho.

Cuando recuperó la compostura y la tranquilidad, y se sintió otra vez rodeado de un ambiente estable y quieto, examinó el lugar con calma. “No has bebido”, se dijo, “no te has drogado”, continuó, “así que o has muerto y los escépticos viven una fantasía paranoica o sigues soñando”, y no creía que los escépticos se equivocasen. Estaba en una ciudad, pero no era la suya. Los edificios eran más… ¿qué eran más? Eran distintos, sencillamente. Todo era similarmente distinto. Había una pequeña sensación de familiaridad, como la que puede haber entre una tortilla de patatas y una tortilla francesa: un parentesco muy antiguo, cuya unión se perdía en los albores del tiempo. Eso era. Había saltado de tortilla.

- ¿Estás bien? – preguntó una voz joven y alegre a su espalda.

- Sí, sí – respondió Alberto mientras se volvía hacia la voz.

- ¡Eso es fantástico! – añadió la voz emocionada.

- ¿Cómo? ¿El qué? ¿Qué esté bien? – Alberto se sentía extrañado por la respuesta – Claro, claro, gracias.

- Otros llegan en peor estado: mareos, náuseas, desfases espaciotemporales, histeria, y demás. Eres todo un ejemplo de cómo debería comportarse un viajero interdimensional, chico.

- ¿Qué?

- Bah, deja, ya habrá tiempo para eso. Me llamo Ernest.

- Yo me llamo Alberto.

- Un placer.

- Igualmente.

- ¿Te apetece un café?

- ¿No estoy soñando?

- ¿En tus sueños podría volar? – desafió Ernest.

- Supongo – contestó Alberto sin mostrar una gran seguridad en la voz.

- Entonces no serviría de nada montar el teatrillo. Venga, vamos a tomar algo.

Alberto no sabía muy bien qué pensar, pero prefería la compañía y el café a seguir solo en la calle mirándolo todo con la curiosidad de un niño pequeño. Se sentía estúpido. Al menos, aquel hombre se había dirigido a él y parecía dispuesto a explicarle qué había pasado. “O estoy soñando… o no”, reflexionó sin demasiada lucidez, “y si no lo estoy haciendo, tal vez me vengan bien un par de explicaciones”.