Google+

jueves, 28 de agosto de 2008

Los inicios de Mundoabsurdo

Tras haber recibido quejas sobre la poca personalidad y lo timorato de Alberto, he accedido a alterar el diseño original del principio. En esta nueva versión, exactamente igual a la otra hasta que Alberto se encuentra con Ernest, momento en el que se ve muy ampliada. Espero que os guste.



Era un día como otro cualquiera y Alberto acababa de salir de su casa y caminaba tranquila- mente en dirección al trabajo ya que el tráfico a esas horas era solo para conductores extre- mófilos. Era el típico trabajador, es decir: se ofrecía amistosamente a ser tratado casi cual esclavo a cambio de un sueldo aceptable y una cierta estabilidad. Esa era su situación, como la de casi todo el mundo; se podría decir, casi, que ésa era La Situación, así, en plan abstracto.

Alberto dejaba atrás edificios y calles en su camino hacia el trabajo, era inevitable, incluso las calles y los edificios que más le gustaban quedaban tristemente atrás, solos y, en cierto modo, olvidados a su espalda.

Hoy podría – hasta los narradores se equivocan de vez en cuando – ser un día como cualquier otro; pero, en tal caso, nadie se rebajaría al nivel de relataros la aburrida e insulsa vida de Alberto.

Alberto era, en cierto modo, típico, como típicas son casi todas las personas, aunque se recreen en sus rarezas y excentricidades y se crean únicos en su especie. La verdad es que Alberto era una persona muy poco… peculiar: era un varón de veinticuatro años, moreno, de ojos oscuros y de piel blanca ligeramente bronceada, tenía una novia de dieciocho que tenía el pelo castaño, la piel ligeramente más bronceada y los ojos marrones. Trabajaba como informático en uno de los bancos más importantes de la ciudad, arreglando los problemas de los ordenadores y colaborando con la seguridad del sistema. Su novia había empezado a estudiar filología clásica. Tenían toda una vida para estar juntos, pero hay vidas que duran más y vidas que duran menos. Llevaban tres meses, una semana, dos días y unas cuantas horas cuando, en muchos aspectos, aunque no en todos, la vida de Alberto tocó a su fin.

Alberto caminaba por la calle cuando, de repente, sin avisar (siempre que consideremos que aquel extraño zumbido estridente no era un aviso), el universo (o lo que Alberto denominaría como tal) empezó a contraerse de forma espeluznante y todo pareció chillar en infinidad de colores, como en El grito de Edward Munch. Alberto caía a velocidad vertiginosa, o eso pensaba – aunque en realidad no estuviese cayendo ni fuese él quien iba rápido, todo sea dicho.

Cuando recuperó la compostura y la tranquilidad y se sintió otra vez rodeado de un ambiente estable y quieto, examinó el lugar con calma. «No has bebido», se dijo, «no te has drogado», continuó, «así que, o has muerto y los escépticos viven una fantasía paranoica o sigues soñando», y no creía que los escépticos se equivocasen. Estaba en una ciudad, pero no era la suya. Los edificios eran más… ¿qué eran más? Eran distintos, sencillamente. Todo era similarmente distinto. Había una pequeña sensación de familiaridad, como la que puede haber entre una tortilla de patatas y una tortilla francesa: un parentesco muy antiguo, cuya unión se perdía en los albores del tiempo. Eso era. Había saltado de tortilla.

«Tengo que estar soñando», se dijo «esto no puede estar pasando. Es totalmente estúpido. Tengo que estar soñando», se repitió intentando convencerse de ello. «Todo es posible en un sueño, pero no fuera de él. Pronto me despertaré, con la cama deshecha, el cuerpo sudado, pero, eso sí, sumergido en una cómoda sensación de conocer lo que me rodea. Sano y salvo, y…»

- ¿Estás bien? – preguntó una voz joven y alegre a su espalda.

- Sí, sí – respondió Alberto mientras se volvía hacia la voz. Frente a él tenía a un hombre de unos veinticinco años con el pelo moreno y revuelto y unas gafas de montura gruesa, vestido con una camisa de franela negra con polígonos blancos y unos pantalones anchos que ocultaban, casi por completo, el empeine de unas botas de piel. En una de sus manos, inclinadas hacia Alberto sostenía un sombrero ligeramente puntiagudo.

«Por si me quedaba alguna duda», pensó Alberto «qué pintas. Tengo que dejar de ver películas antes de acostarme».

- ¡Eso es fantástico! – añadió la voz emocionada.

- ¿Cómo? ¿El qué? ¿Qué esté bien? – Alberto se sentía extrañado por la respuesta – Claro, claro, gracias-

«El mundo de los sueños era un mundo extraño, ¿por qué la base de la consciencia era lógica y el mundo de los sueños no? Ah, sí, claro; porque surgían del subconsciente, y así soñaba lo que soñaba. Diseño inteligente, ¡ja! A otro perro con ese hueso».

- Otros llegan en peor estado: mareos, náuseas, desfases espaciotemporales, histeria, y demás. Eres todo un ejemplo de cómo debería comportarse un viajero interdimensional, chico.

- ¿Qué?

«A decir verdad, esto empezaba a trascender las barreras de lo que Alberto consideraba como aceptablemente ilógico en un sueño para alcanzar el rango de inquietantamente trastornado».

- Bah, deja, ya habrá tiempo para eso. Me llamo Ernest.

- Yo me llamo Alberto.

- Un placer.

- Igualmente.

- ¿Te apetece un café?

«Un café, ¿eso era todo lo que se le ocurría al tipo que había empezado a hablar sobre los efectos secundarios de viajar entre dimensiones?»

- ¿No estoy soñando? – preguntó finalmente, perfectamente consciente de que sería una respuesta carente de importancia.

- ¿En tus sueños podría volar? – desafió Ernest.

- Supongo – contestó Alberto sin mostrar una gran seguridad en la voz. Visto lo visto…

- Entonces no serviría de nada montar el teatrillo. Venga, vamos a tomar algo.

- Espera, verás… es que, esto no tiene ningún sentido.

- Tranquilo – respondió Ernest –, todo tiene explicación. ¿Y qué pierdes? Si soy un producto del sueño, el alcohol o las drogas, te despertarás tranquilamente donde sea, bien en cama, o bien en una cuneta, mareado y cubierto de vómito. No pierdes nada. En ese caso te despertarías en las mismas condiciones vinieses conmigo o no, ¿verdad?

- ¿Dónde estoy? – preguntó Alberto sin moverse.

- Estás al otro lado del espejo.

«Perfecto, y antes me quejaba. Resulta que o estoy soñando con, o estoy frente a un friki de Alicia en el país de las maravillas. Simplemente perfecto».

- ¿Al otro lado del espejo?

- Bueno, es una metáfora; estás al otro lado del tejido, de la vida.

- ¿Qué?

- En serio, estas cosas se entienden mejor con un café delante…

«¡Y dale con el café! ¿Sabes por dónde te puedes meter el puto café?».

- No necesito un estúpido café…

- Pero el café despierta el cuerpo y la mente, proporciona una visión más amplia. ¡El café es la base del desarrollo no mágico del mundo!

- ¿El desarrollo qué?

- ¿Cómo se llama tu mundo?

- ¿Qué?

- ¿Cómo? ¿Qué?

- ¿De qué me hablas?

- Tu mundo, tu mundo… el nombre del planeta en el que vivías.

- ¿Qué? – Alberto empezaba a estar más preocupado que sorprendido. Empezaba a tener cierto miedo y a dudar seriamente de que se tratase de un sueño. No podía estar soñando esto, y si lo estaba haciendo, tal vez necesitase ayuda profesional.

Ernest inspiró lentamente. Llenó sus pulmones de aire y lo miró a los ojos. Había perdido su cara risueña y tenía la mirada de un padre regañando a un hijo por haber chutado contra una ventana y haber celebrado la diana.

- Se llama Tierra – dijo Alberto, que se negaba a tener problemas mayores por no responder a una tontería como aquella.

Ernest se rió. No hubo ningún tipo de fase intermedia: lo estaba mirando mal y, de pronto, se reía.

- ¿Tierra? Eso explica muchas cosas, es un mundo un tanto simple, funcional, pero simple.

- ¿Qué quieres decir con eso? – preguntó Alberto un tanto molesto. Orgullo herido.

- Solo tenéis ciencia.

- Bueno, también tenemos religión – apuntó Alberto.

- Sí, a dioses que no os dejan utilizar otras vías de poder. ¡Cuánto tiempo perdido entre cantos y oraciones!

- Hay quien dice que ayudan…

- La cuestión no es que ayuden o no, es que preparen el mundo para que puedas arreglártelas de una forma u otra, después no deben hacer mucho más y créeme, no lo hacen. Los Derechos de Creador admiten muy pocos cambios una vez finalizada y publicada la obra.

«De perdidos… al río»-

- ¿Dónde quieres tomar el café?

- Ésa es la actitud.