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jueves, 14 de agosto de 2008

La relatividad de las costumbres...

El orador se acercó a los reunidos, estaba un poco nervioso. Se le había comunicado el interés y la importancia de su investigación, pero, con todo, el no se la había encontrado ni antes ni después de llevarla a cabo.

Había investigado sobre cómo encaraban el inicio de la madurez los distintos pueblos y, tras examinar las especies conocidas, había llegado a la conclusión de que era un proceso tan variable como el propio aspecto físico.

Había razas que se reproducían sin ton ni son, en una especie de competición por dejar la máxima cantidad de descendientes en el mundo, sin preocuparse por si podrían cuidarlos a todos o no y razas que apenas tenían hijos, pero que cuando los tenían, los cuidaban como un tesoro y hacían que prácticamente todos llegasen a su edad adulta en las mejores condiciones. Había civilizaciones que abandonaban a sus hijos cuando estos no eran capaces por si mismos y se quedaban con los que volvían de una temporada solos, había otras que mataba, directamente y sin contemplaciones, a aquellos descendientes que no mostraban un determinado rasgo: un tipo de cabello, piel, magia... era una evolución forzada y artificial.

A pesar de estas diferencias desde los momentos iniciales, al llegar a la madurez, prácticamente todas las especies inteligentes tenían una fiesta, un ritual o algo que marcaba el hecho de que, a partir de ese momento, esos integrantes que se consideraban niños, que comían sin producir, que vivían de pero no para el pueblo, pasaban a convertirse en adultos, con todas las responsabilidades que eso tenía.

Subido a la tarima, el orador palideció ligeramente. Las palabras que tenía que enunciar no serían del gusto de su público que, seguramente, esperaba una bella descripción de diversos rituales tan civilizados como los suyos propios. ¿Cómo les iba a explicar, sin faltar a la verdad, que había visto como los hijos mataban a los padres para heredar su posición? ¿A los hermanos luchando entre sí para demostrar el rango dentro de su familia? ¿Cómo hablarles de pueblos donde el sexo era libre y nadie sabía de quién eran los niños? ¿De pueblos donde los recién considerados mayores de edad evaluaban a los niños nacidos y decidían si vivían o no? ¿Cómo decirles, sin apartar la vista, que algunos recién mayores de edad mantenían sexo con sus progenitores para heredar una semilla... probadamente fértil?

Tragó saliva y los miró lentamente. Estaban en silencio. Esperaban. Calmadamente, casi con timidez, el orador empezó a hablar.