Google+

jueves, 28 de agosto de 2008

Clases de personas que odio...

Los periodistas.

Y tal vez haya personas que se pregunten por las razones que conducen a mi odio personal hacia los periodistas, así pues, me explico: odio a los periodistas porque me gustaba el periodismo. Sí, esa es la respuesta. ¿Contradictoria? ¿Paradójica? Al contrario.

El periodismo está de capa caida y eso es algo que, probablemente, habremos notado todos. La búsqueda del morbo y lo escabroso, de la noticia fácil y amarillista, de la noticia irrelevante para no levantar protestas son solo una parte; el hecho de que manifiesten una total carencia de solidaridad y respeto es otra; y el que no tengan una gran idea sobre cómo escribir correctamente en español cuando ellos son unos de los que más difunden la palabra escrita es otra. No me faltan razones, creo.

Ver cómo se cebaron con lo de la T4 para mostrarnos primeros planos del avión y de los muertos, cómo entrevistaban a los familiares para mostrarnos el dolor sin que nos perdiésemos una pizca...

¡Joder! ¡Qué buenas personas los periodistas!

Ver, también, cómo pasaban los días y el accidente de la T4 seguía ocupando el espacio en antena me puso enfermo.

Quizá os parezca mal pero yo me preguntaba: "¿Y esto a quién coño le importa?". Y me respondía a mí mismo: "A sus familiares y allegados". Y, ahora mismo, sigo pensando lo mismo. Y no creo, personalmente, que los allegados y familiares quisieran ver ciertas imágenes, recibir ciertas preguntas o enterarse de ciertas cosas a través de los medios. Así de simple.

Se debería haber dado la noticia, haber facilitado un teléfono de contacto y dejar que los que no teníamos nada que ver siguiésemos nuestras mediáticamente insulsas vidas. Se debería haber dejado en paz a la gente cercana a las víctimas. ¿Por qué? ¡Porque nos dan igual! Su dolor es suyo, íntimamente suyo: nos convirtieron en espías purulentos, nos convirtieron en virus que devoraron su pena, y eso fue lo más patético. Ese día no murieron 150 personas; ese día, como tantos otros, el periodismo siguió manifestando lo orgulloso que se encontraba de estar muerto y seguir ejerciendo, de seguir siendo un periodismo putrefacto y maloliente.

Así mismo, el periodismo, que clama a los vientos su propia objetividad, nos sorprende con las típicas gilipolleces políticas. Que si X dijo A o dijo no-B, dependiendo de la fuente. Más mierda sobre el cadáver apestado del periodismo. ¿A quién le importa la opinión del periodista? ¿Por qué no puede limitarse a retransmitir lo que ha recibido? ¿Por qué tiene que pisarlo todo con su pezuña manchada de sangre, mierda y vísceras?


Y es que hubo un tiempo en el que me habría encantado ser periodista y buscar las noticias, me habría encantado entrevistas, sacar fotografías e informarme sobre cientos de cosas, y, al ver esto, si bien me alegro infinitamente de haber escogido otro itinerario en mi vida, siento vergüenza ajena. Vergüenza, al pensar, que ellos también son personas, o eso dicen.

Mis más profundas disculpas a todos aquellos periodistas que, pese a los tiempos que corren, siguen haciendo las cosas bien. Tal vez, un día, el periodismo vuelva a ser algo gracias a vosotros. Solo tal vez.