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martes, 5 de agosto de 2008

Albos 5, pt. 5

- Pasa - dice Rin.
La puerta se abre, dejando ver la figura de Zésim.
- Hecho - comunica con sencillez.
Rin enarca una ceja.
- Explícate, Zésim.
- He ido a hablar con Goldar y tramitará la paz en la frontera con Roma.
- Perfecto, perfecto. Gracias, Zésim. Habéis hecho un buen trabajo y muy rápido. No esperaba menos.
Zésim sonríe y se inclina en una ligera reverencia.
- Buen día - dice.
- Buen día - responde Rin.

Zésim se aleja por el pasillo mientras Rin vuelve a sus quehaceres en el interior de la habitación. La habitación de Rin es como el resto de su torre: lujosamente sobria. Allí, sentado ante una mesa de madera negra, escribe con pluma sobre avejentados pergaminos escritos hace tiempo: repasa puntos, revisa errores. "Todo cambia con el tiempo", piensa, "todo debe ser revisado". Y eso hace. El mundo no es el mismo, sus planes tampoco.


Albos pasea por los alrededores de la torre acompañado por Sael. Hablan sobre la situación en la frontera, que conocen desde perspectivas distintas. Se ríen al averiguar que ambos consideraban estar ganando algo allí, tierras u orgullo. Todo mentiras de sus gobernantes, nadie ganaba nada en aquella frontera: las tierras eran siempre las mismas tras las primeras semanas. Solo se distinguían en el número de muertos en su superficie.
- Hola - dice una voz femenina a sus espaldas.
Tanto Sael como Albos se vuelven hacia ella.
- Saludos - dicen más o menos a la par.
- ¿Os importa que os acompañe?
- No - responde Sael con indiferencia.
- Claro que no.
La muchacha sonríe. Es joven, tiene el cabello negro y la piel atezada. Y siguen caminando.
- ¿Cómo va todo, señorita Dreva? - pregunta Sael.
- Tranquila desde que llegué a la torre - sonríe -, Rin es un jefe mucho menos exigente que Goldar. Antes estaba constantemente de un lado para otro.
- Rin aún se está asentando en el poder, dale tiempo - responde Sael -, dentro de unos meses no será el hombre agradable que nos trajo a todos aquí. Será un líder y pedirá cosas, nos arriesgará, que es lo que hacen los líderes, y nosotros iremos a morir por su causa. Así funcionan las cosas.
- Entonces - pregunta ella - ¿para qué has venido?
- Porque prefiere morir por su causa que por la de alguien menos capaz - responde Albos sin mirarlos.
Durante unos instantes todos quedan en silencio. Finalmente, Sael habla:
- ¿Acaso no he hecho, entonces, lo mismo que tú, romano?
Albos lo mira con seriedad. Ojalá todo hubiese quedado en un silencio incómodo.


En el interior de la torre, Zésim llama a una puerta. No hay contestación. Vuelve a hacerlo. Sin frutos. Y tras una maldición se dirige, solo, hacia sus aposentos.