Google+

miércoles, 23 de julio de 2008

Sobre descubrimientos científicos...

- Los árboles crecen hasta el momento en que mueren - resumió el científico ante la escasa concurrencia que había estado murmurando maleducadamente durante su discurso.
- ¿Ese es el descubrimiento? - preguntó Alberto en un susurro.
Ernest se encogió de hombros, como quitando importancia a la pregunta.
- ¿Cómo has llegado a esa conclusión, Marius?
- He recurrido a la teoría de la Consciencia Inteligente de las Cosas.
Las voces que murmuraban maleducadamente se callaron prácticamente al unísono. El hombre que presidía la reunión se aclaró la garganta y preguntó con calma:
- ¿Cómo has hecho tal cosa?
- He trabajado durante bastante tiempo en una forma de comunicarme con los árboles hasta que, finalmente, lo he conseguido.
Una risa ligera comenzó a contagiarse entre los asistentes de la reunión. Con un estoicismo envidiable, el científico permaneció serio, en silencio.
- ¿Con qué árbol has hablado? - preguntó cortés y seriamente Ernest.
- Con dos pinos.
- ¿Por separado o con ambos a la vez? - preguntó otro de los presentes.
- No es que tenga demasiada importancia. No tienen una gran conversación.
- En las tierras de la Lógica contamos su número de anillos - contribuyó Alberto deseoso de ayudar y contribuir - cuantos más anillos, más años.
Las risas cesaron, las miradas se volvieron hacia Alberto. Ernest enarcó las cejas y negó con la cabeza.
- ¿Y qué tienen que ver el número de anillos? - preguntó el científico que daba la conferencia.
- Sí, sí, yo tengo una hija que lleva muchos anillos - agregó otra - y es mucho más joven que yo - dijo extendiendo sus manos desnudas, sin ornamentación metálica.
- Pero tu hija no es un árbol - contestó Alberto.
- ¿Ah, no? ¿Acaso conoces a mi hija? - preguntó el otro en tono desafiante.
Alberto inspiró hasta que sus pulmones estuvieron llenos, con los ojos cerrados, espiró con calma y, al terminar, volvió a mirarlos.
- Los árboles no pueden ir a comprar anillos - dijo para empezar -, además son anillos que tienen dentro, y los árboles no tienen bocas - continuó en el mismo tono que usaban los que lo rodeaban - son parte de ellos, son como los lunares...
- Pero los lunares no determinan la edad - cortó el presidente de la reunión.
- Bueno, da igual, dejadlo - zanjó Alberto levantándose -, esta conversación no tiene sentido.
Los miró con seriedad y, dignamente, se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, la abrió y, durante un instante, miró a Ernest.
- Esperaré fuera - le dijo.
Ernest contempló en silencio y asintió.
- Prosigue, por favor - dijo el presidente de la mesa - hablabas de la escasa conversación de los pinos.
- Ah, sí... pues... se limitan a decir continuamente "crece".
- ¿Cómo?
- Pues... así: "crece, crece, crece, crece..."
- Sí, sí, era sorpresa.
- Tal vez respondan a ciertas preguntas que les parezcan interesantes... ¿la lluvia? ¿los frutos?
- Sí, tal vez debiéramos colocar carteles de "no molestar" en las plantaciones...
- Bueno, esta es la grabación - dijo el científico mientras depositaba una cinta sobre la mesa.
- Es un gran descubrimiento para la comunidad científica.
- Sí, pero entonces... ¿qué tendrá en la cabeza un animal en la época de celo?
- Hay cosas en las que es mejor no pensar.
- ¡Y es una confirmación de la teoría de la Consciencia Inteligente de las Cosas!
- Los árboles son seres vivos, aunque ellos posean consciencia... no implica que los seres inertes o conceptuales la tengan.
- Hasta ahora tampoco sabíamos que los árboles la tuviesen, solo hay que buscar la forma de comunicarnos.
- Ya me dirás como nos comunicamos con la probabilidad.
- Mediante fórmulas estadísticas.
- ¿Tú crees?
- O con magia...
- Si me disculpan - dijo Ernest - voy a salir a ver a mi protegido. El motivo de la reunión ha terminado. Me alegro por el descubrimiento.