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martes, 22 de julio de 2008

Los páramos de la pereza, pt.2

- ¿Pero no se supone que todo en vuestro en mundo tiene consciencia y voluntad? - preguntó Alberto.
Ernest asintió dubitativo. Alberto parecía completamente calmado, como ajeno al asunto.
- Entonces, en los Páramos de la Pereza, ¿la luz no debería entrar en un abatimiento perezoso?
- ¿Qué?
- Claro, ¿no debería la luz perder su energía y volverse... no sé... más oscura, o más fría? Por los fotones, ¿sabes? Que se ralentizarían...
Los ventiladores de Ernest empezaron a disipar a plena potencia. Bueno, eso habrían hecho si Ernest fuese un ordenador.
- No entiendo el proceso - respondió finalmente.
- ¿Acaso la luz no tiene consciencia?
- Ehm... hombre, pues nunca hemos hablado con ella - se escudó Ernest -, pero supongo que sí. Aunque de todos modos, no entiendo adónde quieres llegar.
- A la ralentización de la luz.
- Vamos a ver. Si yo cogiese una piedra y te la tirase, ¿vale? Pues, por mucho que la piedra tuviese consciencia de su existencia, viajaría manteniendo la inercia y te golpearía.
- ¿Y la inercia no tiene consciencia?
- Pues... supongo... - Ernest había atravesado todas las barreras de su conocimiento adquirido y se sintía viajando por un terreno cenagoso, se sentía atravesando desnudo un pantanal lleno de sanguijuelas que le pedían explicaciones... en el idioma de las sanguijuelas.
- La verdad, creo que esta discusión ya no da más de sí.
- Eso es que te estás cansando, es la... magia de este sitio.
- No - respondió Alberto con seguridad -, eso es que no has sabido responderme. Empecemos a pensar la forma de salir de aquí - suspiró al cabo de un rato -, en última instancia siempre podemos dejar el coche y desandar lo andado, ¿no?