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martes, 15 de julio de 2008

En el laboratorio...

Las paredes del laboratorio estaban impecables, tal y como cabe esperar de un lugar en el que se debe trabajar en ciertas condiciones de higiene, pero es que aquello rozaba la exageración: las paredes gritaban: "hey, tú, mira qué limpias y brillantes estamos", en el desconocido e incognoscible idioma de las paredes, el viejo Múrico. Dentro de él, el inspector y su ayudante estaban sentados en sendas sillas, enfrentados torno a una mesa, sumidos en un complicado juego de cartas.
- Lanzo mi daga torbellínica asesina de indefensos más dos y tiro un de seis - dice el ayudante.
- Hm... antepongo mi escudo de la contemplación pasiva desde lugar más seguro imposible más tres y tiro un de diez - replica el inspector con una sonrisa en la boca y una calma absoluta.
- Oh, qué c...
- ¡Tsch! Que soy tu superior.
- Cuatro... más dos, seis - anuncia el ayudante esperanzado.
- Siete más tres, diez - contesta el superior. Después, con una sonrisa cruel, enuncia -, y contraataco con una...

El tintineo de los cascabeles que anuncia la llegada de nuevas personas interrumpe la frase. Tanto inspector como ayudante giran sus miradas hacia la puerta, donde los técnicos de investigación se están quitando las chaquetas.
- Buenos días, señores - dice el inspector - ¿cómo se encuentran?
- Un poco mareado, señor - responde uno. El otro no dice nada, pero su color lívido anuncia su maltrecho estado.
- ¿Qué habéis hecho con el cuerpo?
- Está en el furgón. Y tome la cámara, creo que nunca querré volver a ver estas fotos.
- Le comprendo. Muy bien, señores, pueden retirarse.
- Gracias, señor - responde el que aún parece un ser vivo -, creo que voy a llevar a Richard a tomar un café.

- Estaba peor Richard que la mujer - comenta el ayudante.
- ¡Por los dioses! ¿Qué clase de comentario es ese? - pregunta crispado el inspector - al menos Richard estaba vestido.
- Cierto, señor. Discúlpeme.