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jueves, 31 de julio de 2008

Albos 5, pt.4

Zésim abandona la torre. Hace frío, como siempre. El mismo frío. El camino entre la torre y la ciudad está vacío, el pueblo llano mira con cierto recelo la torre que se levantaba como una forma, mejor, como se venden todas las novedades, de administrar el imperio.

Entra en la ciudad. Viste las ropas de la torre. Es uno de los Doce. La guardia de la ciudad lo mira con una mezcla de recelo y respeto. Tienen órdenes de no hacer preguntas, pero nadie puede callar las preguntas que nacen en el pecho. Zésim los mira con gesto afable durante un instante, los ha leido y eso, a veces, le hace sentir incómodo, pues todo el mundo debería tener derecho a guardar sus propios secretos. Ahora le cuesta separar la lectura intencionada de la inconsciente. Sencillamente, va averiguando cosas a su paso, no puede evitarlo. En cierto modo le avergüenza, aunque también es su principal poder y orgullo.

Dentro del castillo el ambiente está enormemente calmado. Con Rin y los suyos fuera de la ciudad, hay poco de que preocuparse, y la única preocupación que parece presente, es la que nace al ver a Zésim paseándose por el interior del castillo, en busca de Goldar.
- Saludos, señor Zésim - lo para uno de los guardias.
- Saludos. No tengo tiempo para formalismos, ve a llamar a Goldar. Tenemos que hablar.
El guardia vacila unos instantes. No se esperaba algo tan directo. No sabe hasta qué punto debe obedecer a un miembro de la Torre o enviar a un criado.
- No tengo todo el tiempo del mundo - pronuncia Zésim fríamente.
- Claro, disculpe; lo haré llamar inmediatamente.
- Se lo agradezco.
- Pase al gran salón.

Zésim pasa y toma asiento. Fuera se escuchan voces, una de ellas es la del guardia. Pasados unos minutos, Goldar entra en la sala. Con mirada impasible examina a Zésim mientras toma asiento.
- ¿Qué puedo hacer por ti? - pregunta en tono cortés, aunque ligeramente desagradable.
- Podéis retirar a los soldados de la frontera - contesta Zésim sin andarse por las ramas.
- Las fronteras no son algo a lo que un rey esté dispuesto a renunciar sin batallar - replica Goldar un tanto molesto.
- Muchos de nuestros soldados han muerto en la protección de unas fronteras que, hoy por hoy, no nos sirven de nada. Nuestro imperio es vasto, existen barreras naturales que serían de protección mucho más sencilla. ¿Es por la frontera, o dejáis morir a los soldados por vuestro orgullo?
- Es nuestro territorio - contesta Goldar con creciente frialdad -, renunciar a él es una muestra de debilidad. ¿No puedes entenderlo? ¿En qué lugar queda Eirenar si, sin pelear, cede terreno a los romanos?
- No se cederá el terreno. Será tierra de nadie. Retirarnos unos centenares de metros, y que ellos hagan lo propio.
- ¿Y qué arreglará eso?
- Arreglará los enfrentamientos a tiro de flecha. Tener a dos ejércitos enemigos al alcance de un arco es tentar a la suerte. Mera muestra de la incapacidad de gobierno de Nyrill y del Emperador romano, mi señor.
Goldar parece vacilar un instante.
- Señor Goldar - empieza Zésim paciente y educadamente -, no estamos consiguiendo ningún tipo de avance contra Roma, y estamos perdiendo hombres. ¿No os dais cuento de lo escasa o nulamente que nos beneficia mantener ese frente abierto?
El rey frunce el ceño.
- Imaginemos un retraso de nuestra línea fronteriza - acepta Goldar -, ¿qué impide a los romanos avanzar ese trecho y mantener confrontación en la nueva línea?
- Nada - contesta Zésim.
- ¿Nada? - pregunta el rey a medio camino entre la sorpresa y la molestia - Vienes aquí a pedirme que retire la frontera, ¿y tu mejor argumento es que "nada" impedirá a los romanos ganarnos el terreno al que renunciemos?
- Nuestro argumento es que si habiendo firmado un tratado por el que ambas partes se comprometen a renunciar a X metros hacia atrás de sus respectivos límites fronterizos, y lo incumplen, los miembros de la Torre participaremos en dicha batalla.
- Ahá - asiente el Rey -, ¿y por qué no participan ahora? Junto a cientos de hombres y avanzamos metros en lugar de renunciar a ellos.
- Buscamos una actuación formal, es lo que diferencia a personas de animales. A caballeros de campesinos, mi señor.
- En el campo de batalla no se hace distinción entre las personas, no hay honor ni caballerosidad. Es un mito. Si os vendéis al honor estáis perdidos, total e irremediablemente perdidos.
- Nosotros nos ocuparemos de las implicaciones de nuestra petición. Podéis tenerlo por seguro, mi señor.
- Así sea.
- No os arrepentiréis - sonríe Zésim.
- Así lo espero, que mantengáis vuestra torre de la felicidad depende de ello.
- Indique la procedencia de dicha orden. Al fin y al cabo entra dentro de las responsabilidades de la torre.
- En mala hora decidí permitir el levantamiento de vuestra maldita torre.
- Era mejor cogobernar que sufrir una insurrección.
- Sobre todo una insurrección dirigida por vosotros, cuervos.
- Espero que tengáis un buen día, mi señor - dice Zésim levantándose, manteniendo un trato cordial.
- Lo mismo digo.