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domingo, 8 de junio de 2008

Sin título 3 [Infierno]

- ¿Y Antaras? – pregunto al salir de la agitada mente de la reina.

- No lo sé –responde un poco nerviosa–. Le he hecho mandar un mensaje.

Se hace el silencio, Rondoc, el general de los ejércitos del aire se aclara la garganta reclamando una atención que, probablemente, le pertenecía antes de mi interrupción.

- ¿Y en qué consiste fusionarse, señora? ¿Lo sabéis?

- No, no lo sé – niega Karayazi.

Los presentes se miran unos a otros durante unos instantes. Nadie parece saber nada del tema y el silencio se vuelve cada vez más denso, más incómodo. Allí, quietos, dando vueltas y más vueltas a lo sucedido, parecemos perros asustados ante un amo con un pesado bastón.

- Si no hay nada más de lo que hablar, me gustaría retirarme a mis aposentos – comunico.

- ¿Te das cuenta de que podrían habernos matado? – pregunta Lisseth Karayazi en tono molesto.

- Sí, y me doy cuenta de que aquí callados no vamos a resolver nada – contesto con seguridad.

- ¡Hay que aumentar los efectivos militares! – replica exaltado el general de los ejércitos de la tierra.

- ¡Sí, sí! ¡Al fin algo de lógica! – lo apoya el general de los ejércitos del agua.

- Personalmente – digo con tono serio, restando importancia a las sugerencias de los militares – opino que Yue puede estar implicado: odia a Antaras y habéis tenido un hijo con él. Por ahora, las piezas encajan.

- Podríamos poner un mago junto a la puerta – aporta Rondoc.

Se vuelve a hacer el silencio. En esencia, nos hemos comportado como niños, haciendo oídos sordos a todas aquellas opiniones que no coincidían directa y claramente con las nuestras. La conversación ha sido vacía, inútil.

- Cuando vuelva Antaras volveremos a reunirnos – informa Karayazi.

- Entonces, si me disculpáis… - digo mientras me levanto.

Ronon, capitán de la guardia personal de la reina, un fuerte y valiente demonio más versado en las artes y las capacidades físicas que en los típicos enrevesamientos de la magia o las habilidades sobrenaturales me mira con seriedad. Sé que mi marcha es descortés, pero no poder aportar nada me frustra, me hace sentir peor; todo ha seguido empeorando desde El Apagón y no parece que las cosas vayan a mejorar en breves.

Llego hacia la puerta, sé que Lisseth me está viendo y está barajando algún sentimiento entre la ira, la duda y la tristeza: yo no soy el mismo, lo sabe, pero ninguno lo es. Ninguno de los que vivimos El Apagón tras ver la Ciudad de Plata hemos vuelto a ser los mismos. Es imposible, sencilla y totalmente imposible.



En aquel tiempo éramos verdaderamente poderosos, recuerdo cómo Karayazi jugaba con los rayos y con el tiempo; como yo podía controlar las mentes de batallones enteros que intentaban cruzar los muros de la Ciudad Dorada; como nuestra Mano Negra, nuestro anónimo asesino, podía desaparecer para reaparecer a voluntad en dónde le apeteciese, instantáneamente; recuerdo a Rodnoc como un brillante pulso de luz superando la máxima velocidad imaginable y utilizando sus plumas como espadas de enormísima calidad. Recuerdo aquellos tiempos en los que ascendimos hacia la Ciudad de Plata donde habitaban los ángeles, recuerdo el dolor por la cercanía de aquellas criaturas de pureza inimaginable, aquellas entidades bendecidas por la luz de los dioses, y pese a todo, pese al dolor y pese a arder en su presencia, entramos en su ciudad manteniendo nuestra salud con un increíble gasto de almas. Allí estábamos, como verdaderos reyes del Infierno, como héroes. Fue una época dichosa. Después sucedió el incidente de la Nada Devoradora. Destino aciago... el maldito incidente.

La puerta se abre, Antaras se sorprende al verme allí.

- Justo a tiempo – comento con ironía.

- Me ha sido imposible llegar antes, obviamente – comenta con voz arrogante.

Me encojo de hombros y vuelvo hacia mi asiento. Antaras toma lugar al lado de Lisseth, quien vuelve a contar la historia.

Antaras es el hijo de Yue, el mago que se volvió tan, tan, tan poderoso que decidió partir su alma en dos y envió una lo suficientemente lejos como para no volver a verla nunca, aunque seguro que ahora, después del Apagón, la echa de menos. Antaras tenía dos personalidades, dos vidas; ahora tiene una sola, Yue lo odia por haber matado a la otra personalidad, a la de su hija. Actualmente es el líder de los magos del reino, el dueño de los Dragones y el esposo de Lisseth, aunque esta lo ha mantenido al margen del poder y de las responsabilidades del gobierno de Malmo. Fue él quien intentó poner solución a la Nada Devoradora, se le podría echar la culpa del Apagón, pero, a decir verdad, sin su ayuda, a estas horas, es posible que el Infierno, tal como lo conocemos, ya no existiese. Habríamos muerto…

- ¿Qué es “fusionarse”? – pregunta Karayazi al terminar su historia.

- No aceptes el trato – contesta Antaras sin andarse por las ramas –. No es seguro. Para hacer una fusión hay que llevar a cabo hechizos de Moldear la materia viva, de Eliminación de recuerdos y de Mente enjambre. Todos tienen que salir a la perfección, el más mínimo error y tu mente podría desaparecer en las insondables complejidades de la mente demoníaca.

- ¿Cómo proteger a la reina entonces? – pregunta Ronon – ¿Cómo proteger su habitación?

- Incrementando las barreras – responde Rodnoc.

- Ya es una gran barrera – informa Antaras.

- No creo que, realmente, haya que preocuparse tanto: hasta comprobar qué hacía la supuesta diosa sin ayuda, es difícil discernir si se trata de tal cosa o no. Recordemos que podía ser un conjuro de ilusión, y no haber atravesado las barreras en cuerpo presente, recordemos que puede haber estado conjurando durante mucho tiempo… o un sinfín de matizaciones más.

- ¿Qué estabas haciendo, Antaras? – pregunta Lisseth – Podría haber muerto.

- Un experimento – informa –, probaba cosas.

- ¿Qué cosas? – pregunta Karayazi frunciendo el ceño.

Antaras ha empezado a hablar cuando me levanto pidiendo disculpas. Ahora sí se ha terminado todo lo que podía aportar a la conversación, seguir presente me resulta fútil. Noto una mirada enfadada de Lisseth, Ronon se levanta hacia mí. Lo miro.

- No estamos haciendo nada. La conversación ha tendido a convertirse en una riña matrimonial y, personalmente, creo que los demás no tenemos mucho que aportar. Es un problema mágico y él es el gran mago del reino. ¿Una solución de profano? Bien: ¿por qué no haces muchas barreras seguidas para que tenga que atravesarlas una por una, Antaras?

- Es posible – acepta Antaras mientras asiente con la cabeza –, no se me había ocurrido nada tan simple, a decir verdad.

Contemplo a todos los reunidos desde la puerta y poso la mirada sobre Lisseth.

- Deberíamos irnos a mi laboratorio… Lisseth, nuestro hijo, Arien y yo – comenta Antaras como si estuviese reflexionando en alto. Unos segundos después me mira y pregunta –: ¿tendrías algún problema con ello?

- Realmente no, nadie me está esperando - contesto con sinceridad.


El laboratorio de Antaras es un lugar apartado, desconocido; nadie nos encontrará allí. La duda gira en torno a qué sucederá dentro de los muros del castillo. El nuevo día nos quita las dudas: nada en absoluto. Un día completamente normal abre sus puertas a los habitantes y trabajadores del castillo de Lund.