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sábado, 21 de junio de 2008

Sin título 6 [Infierno]

Tomo asiento a su lado. Él mantiene su sonrisa y enuncia en tono explicativo, con calma.
- Mi señora ha tenido que marcharse.
- Shiva es tu señora - replico en un tono muy a caballo entre la sorpresa y la duda.
- Yo no la llamo así, pero efectivamente. Me ha enviado a proteger a vuestra reina, pero realmente dudo que haya problemas, dado que...
- ¿Es peligroso fusionarse? - interrumpo.
- Depende - contesta Samael con una mirada incómoda -, si se hace bien, no. Pero no deberías preguntarme esas cosas, tengo deberes con mi señora.

Subidas a la tarima, reparo ahora mismo, hay unas mujeres ataviadas de un blanco inmaculado, virginal que empiezan a cantar. Es una actuación sobria, pero perfecta: todo parece ser como estaba previsto, lo que contrasta notablemente con los arqueros del primer piso y los alabarderos del pasillo. Cuando termina la actuación, el ujier, una criatura verde, escamosa, con pequeños y débiles brazos y con una cola bulbosa ocupa su lugar y empieza a llamar a los asistentes:
- Lisseth Karayazi, reina de Malmo, por favor, suba.
Y Lisseth, tras unos instantes de vacilación, se pone en pie y comienza a acercarse.
- Miembros del triunvirato de Éxior, por favor, suban.

El demonio de la tarima sigue convocando a los presentes, y, desde allí Lisseth me mira un instante, como echando un vistazo a la concurrencia.
"¿Deseáis algo?", pregunto directamente en su cabeza. "Sí. ¿Sabes qué ha sido del guardia?". Vacilo un instante, finalmente decido concentrarme y entrar también en la mente de Ronon.
"No hay noticias de él".

- Con las firmas que se escribirán en este tratado - dice el ujier - quedarán firmadas de forma vinculante nuestras relaciones de paz. Por favor, firmen.

Lisseth se acerca al libro. "¿Tiene esencia la pluma?", pregunta inquieta. "No", le respondo. Coge la pluma y firma. Uno por uno proceden a firmar y hacen que me sienta inquieto, hay algo que chirría en todo lo que ha sucedido: el gobernante de Aerni no está y su gran enemigo está allí, con parte de su ejército, y seguro que no son soldados noveles. Me levanto, mostrándome tan indignado como parece posible, con mi apariencia humana, con todo su odio y su desprecio ya ganado.
- No todos los integrantes del acuerdo de Paz se encuentran aquí para firmar. Eso invalida el tratado, ¡lo convierte en una farsa!
El silencio se hace patente unos instantes, las caras se giran hacia mí. La risa del emperador de Tormekya resuena por toda la sala y grita algo con voz de enfado. Se levanta y corre hacia la tarima, salta y rompe el libro.
- Por fin alguien se toma en serio esta estupidez de reunión, esta falacia - ruge.
- Tú ni siquiera has sido invitado a la misma - dice Lisseth.
- ¡¡Saidrag!! ¡¡Saidrag!! - grita Namuriz, el enorme emperador, tras lo que dice algo en su idioma.

El que llamó a los representantes se acerca al micrófono.
- Marcháos - comunica con tono preocupado - ¡vamos, rápido!

Allí, sobre la tarima, el emperador de Tormekia toma asiento, conformando un trono de tierra y piedra con magia. Grita algo más. Sus guardias abren las puertas y la gente comienza a abandonar el recinto.

- ¿Qué ha dicho? - le pregunto a Samael, quien parece totalmente tranquilo y ajeno a lo que está pasando.
- Nada, que le traigan a Saidrag. No nos atañe, vamos a recoger a tus compañeros y abandonemos este lugar.

En la puerta del lugar nos encontramos al ujier.
- ¿Qué ha sido de nuestro soldado? - le pregunto.
- Está retenido en la casa fortín - contesta con cierto miedo -, eran órdenes. Esperad un momento.

Hace llamar a uno de sus acompañantes y les pide que nos acompañen a buscar a nuestro hombre. Una vez allí compruebo el lamentable estado de nuestro guerrero.
- ¿Qué te ha pasado? - le pregunto.
- Me redujeron, mi señor.
- Traed su equipo - pido con frialdad.
Cuando uno de los guardias se acerca con el equipo, me acerco a él.
- Como imaginarás, habrá represalias por esto. Y no querrás estar en tu lugar actual cuando eso suceda. Te lo aseguro.
El guerrero Aerniense me mira impasible.
- Cumplo órdenes, señor.

Lo sondeo. En su mente simple, carente de los matices de las inteligencias más elaboradas, veo las órdenes de las que me ha hablado: en cuanto entrase el emperador de Tormekya, nadie podría abandonar la sala. Para esto podían reducir o matar a quien lo intentase. Un aviso posterior sería la orden de fuego de los arqueros, pero ésta nunca llegó a producirse.

Abandonamos el edificio. Porto el equipo del malherido, que apenas puede caminar por sí solo. Llegamos a la nave, en ella está toda nuestra comitiva, así como la de Hammaren y la de Sisian. La clase de amistad nacida del miedo, una amistad tan válida como cualquier otra.