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domingo, 15 de junio de 2008

Sin título 5 [Infierno]

El representante de Omán está solo, un poco apartado; es un varón, alto y estilizado de facciones finas y modales refinados con sobreactuada altiveza y gesto exageradamente distante, mientras que los representantes de Aerni y Nafni parecen más normales, más humildes y con un porte más común.
El representante de Sisian se comporta como alguien cuyas decisiones más importantes han sido tomadas siempre por terceros: es el representante de un reino que siempre ha vivido a la sombra de un señor más grande; el subproducto plastificado e inocente que origina una actitud de imperialismo ofensivo como el del viejo Durku. Es un varón que habla de forma directa y sincera, sin caer en tratamientos fríos, ni en juegos de palabras que oculten segundas intenciones.
Los representantes de Hammaren, diversos Comerciantes escogidos entre los Príncipes de este reino del comercio, constituyen el grupo más vistoso: ricos y muy bien vestidos y extremadamente habladores. La palabraría del comerciante.

El tiempo continúa pasando, acercándose al momento para el que está prevista la reunión, cuando, sobre el fondo permanente de un centenar de voces, parece ganar terreno el silencio, poco a poco, como una infección malvada y dolorosa. Unos segundos después solo quedan tenues murmullos.
- ¿Qué sucede? - le pregunto a Ronon.
- Ha venido el emperador de Tormekya - contesta con gesto impasible, pero una infinita seriedad en la voz. Está preocupado. Y es lógico.

Los comentarios corren, a su bajo volumen, como regueros de pólvora ardiente: "nosotros no lo hemos invitado", dicen los de Hammaren. "Nosotros tampoco hemos tenido noticias de su advenimiento", dice el representante de Omán mientras se balancea lenta y pausadamente, como las ramas de un árbol mecidas por una suave brisa. Pronto, los representantes, los distintos invitados y demás presentes comienzan un poco disimulado contertulio en el mismo tono murmuriante.

Lisseth se dirige a los representantes de Hammaren, que en su actuación acostumbrada de comerciantes, han recorrido ya, con rapidez y profesionalidad, los distintos grupúsculos que forman los presentes.
- Ha sido el rey de Aerni, Saidrag - informa uno de los Hammareses -. Se empeñó en que la reunión debía ser en su ciudad, discutiéndolo con Omán y Nafni, quienes opinaban que reunirse en una ciudad tan cercana al enemigo imperio de Tormekia era arriesarse innecesariamente, pero él se defendió diciendo que la lucha continuada obligaba a tener a unas defensas permanente preparadas y acostumbradas. Pero vista la entrada sin problemas de Milarupa, emperador de Tormekya, creo que el asunto está bastante claro.

"¡Cuánta razón!" pienso apesadumbrado, "nos ha servido en bandeja de plata".

Ronon me mira y se señala leve y disimuladamente durante un instante. Lo sondeo. Entre distintas sensaciones de angustia, distingo un claro "arqueros en el primer piso". Profundizo: "he enviado a un guardia a la nave, que teleporten gente hasta aquí y soliciten el envío de otras dos naves hacia Aerni". Asiento ligeramente y, entonces, una voz suena, alta y clara, desde el estrado, tras unos sonoros golpes sobre el suelo de madera con un recio cetro.

- Rogamos que vayan tomando asiento - dice la voz con calma.

Poco a poco, la concurrencia va tomando asiento en las butacas destinadas a tal efecto, salvo Milarupa y su séquito, un gran grupo de lanceros, que ocupan el pasillo central.
- Arien, por favor - es la voz de Lisseth, a mi espalda; me giro inmediatamente. Su mirada es suficientemente explicativa.

El interior de su mente es un amasijo de preocupaciones, dudas y temores, y sobre ellas, destaca una imagen, la figura inconfundibla de Shiva, en la otra sección de la sala. Mi sorpresa es tan grande como la suya.
- Mi reina, podría acercarme hasta allí para comprobar si, realmente, se trata de ella.Lisseth duda durante unos instantes. Levantarme será visto con malos ojos por los presentes, una falta total de modales, y mi aspecto, tan humano, no hará sino empeorar las cosas. Finalmente, habida cuenta de la situación, la lógica cede a la más vana cortesía.
- Ve - asiente.

Me levanto y comienzo a dirigirme hacia el pasillo. Siento todas las mirada sobre mí, evaluándome. Todos parecen pensar "lo esperable, con ese aspecto". El demonio que ocupaba el estrado se retira, y yo llego, finalmente, al pasillo; encontrándome con la la línea de piqueros, que cruzan sus armas impidiéndome el paso. Para llegar hasta la otra sección hay que rodear el pasillo, yendo hasta, prácticamente, la tarima. Suspiro, el mal ya está hecho. "Qué más da lo que piensen" intento convencerme.

Camino apuradamente por un lateral del pasillo y llego hasta la altura de Milarupa, que me dedica una mirada. Sonríe. Le saludo de alguna forma a medias entre el respeto y el desafío, y continúo mi camino, volviendo por el otro lado cuando el grupo de piqueros se termina.

Es entonces, cuando distingo una figura conocida entre los demonios de las butacas. Me está mirando y me invita a sentarme. Es un demonio varón, bello, de cabello rubio y ojos dorados y viste elegantes ropas rojas y negras. Sonríe. "¿Qué coño hace Samael aquí?".