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viernes, 20 de junio de 2008

Los gatos

En el principio de las cosas, bueno, al principio-principio cuando no había nada, no; hablo de un tiempo más próximo, en el que solo existía lo indispensable: un conjunto de tierras emergidas (que ya estaban, eso no atañe a los creadores) y los elementos esenciales (importados por correo urgente desde los rincos más lejanos y peligrosos del universo como el Infierno de Azufre, o... el Infierno de Oxígeno... o el Hades de Hidrógeno), tras la funesta Hecatombe de los Quelónidos.

Tras esto, el creador desarrolló a los gatos: unos animales poco habladores, suaves, con la suficiencia necesaria para ser capaces de separarse más de cinco minutos de la mano que les da de comer y, su punto importante, capaces de ver entre los espacios y los tiempos.

Durante mucho tiempo, los ojos de los gatos fueron completamente blancos: eran Palantires con los que vislumbraban entre la maraña de hilos que conforman las verdades y las mentiras, los hechos sucedidos y los que algún día sucederán.

Tras la implementación del código de T-E, las razas más avispadas de aquel sistema se dieron cuenta de que los primeros gatos de S-L tenían algo extraño en la mirada, algo que parecía dar a entender que cuando miraban, miraban lo más hondo: los secretos acontecidos y aún no acontecidos, con la indiferencia y la ironía de quien no puede ser sorprendido.

En ese momento, la especie más inteligente de T-E escribió formalmente sus quejas al respecto, expresando cuán indigno les resultaba que un humilde gato indagase en lo más hondo de su alma. El creador, atendiendo amablemente a sus súplicas creó a los perros: animales estúpidos y fieles que controlarían a los gatos e impedirían que observasen las humillantes intimidades de sus aquejados recién llegados.

Tiempo después, tras el abandono mundial del creador, los gatos fueron perdiendo aquel brillo blanco en los ojos, tiñéndose éstos de los más extravagantes y variados colores hasta ser tal y como son hoy. "Perdieron sus palantires", o eso quieren creer todos los ingenuos que albergan a estos espías de lo más oculto en sus casas, que duermen con estos inquisidores de la verdad y la mentira, que dan de comer a estos observadores del creador, tal y como darían de comer a un perro guardaespaldas.

Pero los perros conocen esta triste verdad. Y por eso los perros siempre odiarán a los gatos.