Google+

martes, 10 de junio de 2008

La EMAMIV

El barco se acercaba a una enorme figura: parecía una ciclópea representación de una mujer de metal y se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Tenía las piernas y los brazos abiertos, en cruz; y miraba hacia el oeste, hacia la puesta de sol.
- ¿Qué es eso? - preguntó Alberto.
Ernest miró a su acompañante y replicó con retintín:
- Eso sí es una mujer. De metal, puede ser, pero una mujer.
Alberto lo miró con rabia y sus mejillas se pusieron rojas, de rabia también. No era vergüenza, era rabia que hacía hervir la sangre y ésta, vaporizada desde el pecho, teñía sus mejillas.
- Sé que es una mujer - comentó entre dientes, como mordisqueando un maasdam reblandecido.
- Bueno, dijiste lo mismo la otra vez y...
- ¡Joder! Pero esto es grande. Se ve bien.
- Bueno, bueno, solo te lo aclaraba. No te pongas así.
Y se hizo el silencio. Alberto miró a Ernest intentando rebuscar la respuesta en sus ojos como había leido en tantos libros en los que diversos personajes interactuaban con las miradas de sus interlocutores tal y como harían con un gran baúl de roble lleno de piedrecitas que representaban ideas, ni más ni menos.
- ¿Y bien? - preguntó dándose por vencido y deshechando la idea de que los ojos fuesen puertas al pensamiento.
- Esta estatua es la Explicación-Metálica-Y-Antropomórfica-del-Misterio-Incognoscible- de-la-Vida - contestó Ernest haciendo sonar el curioso nombre como si fuese una sola palabra - la EMAMIV - concluyó con una sonrisa brillante.
- No sois buenos poniendo nombres...
- Sí que lo somos - asintió Ernest con orgullo -, cuando alguien lea o escuche ese nombre, sabrá perfectamente a qué hace referencia. Nombres autoexplicativos, ¿puede haber algo mejor?

El barco seguía su ruta dirigiéndose al enorme hueco formado entre las piernas de la titánica mujer.
- ¿Captas la metáfora? - preguntó Ernest.
- ¿Cómo?
Ernest señaló hacia arriba, hacia lo que debería ser la desnuda entrepierna de la mujer (habida cuenta de que toda ella estaba tal y como había venido al mundo, y no hablo de sucia, llena de sangre y mucosidades y unida a un ente predecesor por un cordón umbilical, sino desnuda), pero allí no había ninguna formación genital; era como una hoquedad insondable, una puerta a una dimensión oscura y atroz.
- ¿Qué coño es eso? - preguntó Alberto sorprendido.
- Debería, si hiciésemos honor a la verdad más obvia, debería ser un coño, o algún tipo de; pero es que aquí, pese a que nuestros nombres sean autoexplicativos, tenemos ricas metáforas. Ese abismo enorme que recorre todo el interior de la mujer representa el misterio de la vida. Todos sabemos que los niños salen... por ahí y que el acto sexual está implicado, de ahí la metáfora de meternos entre sus piernas antes de entrar al puerto (hecho que parte de la base de que la graaan mayoría de marineros son hombres, y de que la primera cosa que hacen al pisar puerto es... en fin, satisfacer sus deseos reprimidos, manualizados u homosexualizados durante su trayecto oceánico); pero ¿qué sucede ahí dentro? ¡Es un misterio! Y de ahí el vacío que se puede apreciar desde aquí: es una visualización del propio vacío del conocimiento. ¿Lo has entendido?
- Sois unas mentes retorcidas y enfermas - musitó Alberto.