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viernes, 30 de mayo de 2008

Sin título [Infierno]

Idea original: Miguel Suárez.
Colaboraciones: Carlos, Paula, Rober, Sote (en orden alfabético, sencillamente, no vayáis a pensar).


Una mano suave se desliza por mi pecho, sensualmente. Abro los ojos, inquieto e intento ver algo entre la profunda oscuridad que reina en la habitación. Una voz barítona pronuncia mi nombre con deleite:
- Arien...
- ¿Quién eres? - pregunto preocupado.
- Soy Samael, tu reina te necesita - dice antes de desaparecer.

Sueño o realidad, me pregunto dubitativo, mientras me levanto para ir al castillo.

Cojo ropa de un armario de madera noble. En condiciones normales llamaría a mis ayudas de cámara para vestirme, hoy no, podría ser urgente. Vestido, una ropa elegante, negra y gris, sobria cubren mi cuerpo humaniforme. Podría tener cualquier forma, pero me gusta esta, pese a la poca nobleza infernal que denotan los rasgos humanos.


No más de quinientos metros separan mi casa del palacio de Lund. Hubo un tiempo en el que viví allí, en una de las salas más lujosas de la enorme fortaleza, hasta El Apagón. Nada volvió a ser lo mismo. Nunca.

Unos guardias me saludan en la puerta, confirmada mi persona por los sensores mágicos de Antaras, el amante de la Reina y domador de Dragones. Me dirijo hacia los aposentos de la reina, que están cerca de la sala de reuniones. Cerca de allí me la encuentro: está con solo una blusa tapando su cuerpo, nerviosa, en el pasillo.
- Llama a Antaras - dice la reina , a uno de sus hombres. Lisseth Karayazi suena imponente, a pesar de su tímida vestimenta; y, tras unos instantes, dándose cuenta de mi extraña aparición, pregunta - ¿Cómo has llegado tan rápido?
- Tuve un sueño... o algo así. Me decían que me necesitábais, mi señora - respondo con sinceridad.
- Ve a la sala de reuniones. Antaras irá ahora.
- Sí, mi señora.

Lisseth Karayazi es un demonio femenino de cabello naranja y una piel azul dispuesta tersamente sobre unos músculos poderosos y bien formados, que le dan un aire guerrero a su bello cuerpo, pese a que, en esencia, confíe más en su dominio de los rayos cuando se ve obligada a entrar en combate. Es la hija de Geber I, antiguo gobernante del reino de Malmo, para el que trabajé, en calidad de diplomático, consejero y mano blanca durante, aproximadamente, doscientos setenta años. Era un visionario, al igual que su hija, aunque ella destaca menos en este aspecto; y predijo con bastante exactitud los problemas que iba a encarar su reino cuando lo escindió del viejo imperio de Höör. Le salió bien. Era un viejo con suerte.

La sala de reuniones es un gran salón de ornamentación cuidada, mobiliario caro y decenas de figuritas de diversos materiales: todo es poco para el palacio de la ciudad dorada. Allí, sentado, espero, acompañado del resto del Consejo según éstos miembros van llegando, el regreso de Lisseth. A su llegada, informa hastiada:
- Antaras no contesta. No tengo la menor idea de dónde se ha metido.
- Empecemos, pues, sin él - sugiero -, ya volverá.

La reina toma asiento. Los generales de la tierra, el mar y el aire; su mano negra, el jefe de su guardia personal y yo, también sentados, asistimos educadamente al relato de su historia. Solo hay una silla vacía, la del mago del reino y amante de la reina, Antaras. A mitad del relato la interrumpo:

- ¿Te importaría que leyese directamente en tu cabeza qué ha pasado?

Niega con la cabeza. Me concentro durante unos instantes y noto como atravieso la barrera de la inconsciencia, esa fina capa que actúa como muro protector inmediato de la mente. Intenta expulsar mi intrusión. No puedo evitar una ligera sonrisa. Estoy dentro. Puedo verlo exactamente como lo vio ella, en el mismo orden, con el mismo lujo de detalles, y sin el peligro de la propia vivencia. Observo la escena, mientras ella la sigue relatando, dejándose en el tintero los pequeños detalles, las luces, las sensaciones, la malicia que se refleja en los ojos de su acompañante. Observo, como si fuese ella. Soy ella.