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sábado, 31 de mayo de 2008

Sin título 2 [Infierno]

Lisseth se despierta. Junto a la cuna de su hijo hay una figura, una sombra con seis brazos. Enciende la luz, asustada y la ve: es una mujer con tres ojos y seis brazos que, de repente, conjura una pequeña zona de oscuridad sobre el bebé.

- ¡Guardias! – grita Karayazi - ¡Guardias!

- Hola – contesta la extraña con una sorprendente calma.

- ¿Quién eres? – pregunta Karayazi con un notable enfado en la voz.

- Tengo muchos nombres – le responde en tono indiferente –, llámame como plazcas.

- ¿Qué quieres de mi hijo?

- Te equivocas – responde con una sonrisa –, te quiero a ti. Tengo grandes planes para ti.

Lisseth parece meditar unos segundos:

- De acuerdo – dice finalmente –, pero no lo hablaremos aquí, ni ahora. Será en el gran salón, mañana por la mañana.

- Vengo a hablarte de tu futuro – dice la extraña sin hacer caso a Karayazi –. De dentro de unos dos años… aunque sabes que el futuro es voluble.

Lisseth examina a la extraña, la recorre de arriba abajo mientras se pregunta por qué no han venido sus guardias. Se teme lo peor. Duda.

- Me gustas – dice la extraña –, ya me gustabas cuando te deshiciste de mis pequeños problemas.

Karayazi recapitula rápidamente a qué se puede estar refiriendo la desconocida: ¿la Ciudad de Plata, Durku, la Nada, la Rebelión de los humanos…?

Mientras tanto, la mujer con seis brazos comienza a acercarse hacia la cama.

- ¿te importa? – pregunta, aunque se sienta sin esperar respuesta.

- ¿De qué pequeños problemas nos deshicimos para ti? – interrumpe Karayazi. Está cansada, preocupada. Asustada.

- Un ángel rebelde, así se denominaban ellos – se ríe.

- ¿Cómo te llamas? – insiste la reina.

- Me suelen llamar Shiva, pero carece de importancia.

- ¿Y qué quieres de mí?

- Que te unas a mis planes

- ¿Cuáles son?

- Primero, te pediré algo. Si lo cumples, te lo contaré – informó con una sonrisa.

- ¿Y si no? ¿Me matarás?

- Me marcharé y no volverás a saber de mí. Pero te compensa hacerlo.

- ¿Por? – preguntó Karayazi en tono asqueado.

- Por lo que sucederá dentro de dos años.

- ¿Mi hermano? – preguntó Lisseth, quien ya se había enfrentado a su hermano en varias ocasiones, afrontando, incluso, una guerra. En aquel momento, yo era poderoso, capaz de poner a batallones enteros de un ejército contra los suyos. Antes de que se produjese El Apagón.

- Nada tan tosco – negó la extraña mujer –, tienes muchos enemigos. Y no tantos amigos – sonrió.

- ¿Y bien? – preguntó la reina, molesta ante tal aseveración.

- Un pequeño encargo. Ambas sabemos que tras el incidente con la Nada, ya no somos lo que éramos, pero dicen que en medio de Hammaren duerme Yod enterrado en la arena. Encuéntralo, desentiérralo y fusiónate con él.

- ¿Qué es fusionarse?

- Pregúntaselo a tu querido marido, él lo sabrá.

- ¿Por qué yo?

- Porque me gustas. Eres mi asesina de dioses – sonríe con dulzura.

- Sí, a lo mejor estás en peligro aquí – replica Lisseth en tono amenazante.

La extraña se ríe plácidamente, mientras Lisseth se pregunta literalmente “¿Y mis putos guardias?”. No puedo evitar sonreír, extraño vocabulario en labios de la reina. Qué cosas se ven tras el telón de la inconsciencia, cuántas cosas se quedan sin salir de nuestros labios.

- ¿Yod… es un dios?

- Casi. Pero está muy… disponible – pronuncia de tal forma que la última palabra parece gotear alguna sustancia densa, viscosa, mortal.

- ¿Seguiré siendo yo si me fusiono con él?

- Si tu mentalista trabaja bien, sí.

- ¿Qué ganamos?

- Yo te gano a ti – responde sin más complicaciones –, tú ganarías poder.

- Ya soy reina – contesta Karayazi claramente malhumorada.

- ¿De verdad crees que este pedazo de tierra es importante? Es una minucia.

¿A qué aspiro pues? ¿Al infierno? ¿Nada es imposible, no?

- Eso es imposible – recalca Shiva –, no existen absolutos aquí. ¿Aceptas?

- Tendría que pensarlo – se rinde Karayazi.

- Desde luego, querida; Yod seguirá durmiendo, a la espera de que llegues tú o cualquier otro. Pero espero que respondas que sí – sonríe. Hace una pausa y, finalmente, aclara –. Por cierto, mis pequeños problemas eran aquel dios de la Ciudad de plata. Os la podéis quedar, aunque era mía.

- ¿Te das cuenta de que tu plan tiene un fallo?

- ¿Cuál?

- ¿Y si consigo el poder y luego voy a matarte?

- Pues probablemente… me matarás – dice no muy convencida.

- Parece demasiado bueno para ser verdad.

- Apaga la luz si no quieres que se despierte – dice Shiva señalando a la oscuridad que cubre al bebé.

Lisseth apaga la luz. Shiva desaparece, igual que la oscuridad que cubría al bebé.

- ¡Guardias! – vuelve a gritar Karayazi.

Y la guardia entra atropelladamente por la puerta.