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sábado, 10 de mayo de 2008

El renacer [Eirenar, parte 3]

Llovía, y aprovecharon el discurrir del agua para localizar un río. Era un río profundo, excavado verticalmente, sin impurezas, sin bordes aserrados: las paredes entre las que se definía su curso eran lisas, impolutas, artificiales.

- ¿Qué crees que significa esto, Bohr? - preguntó un joven soldado, Sorvak.

- Que hay pueblos aquí a los que es mejor no encontrarse - contestó con sencillez y tranquilidad.


Y siguieron el curso del río que descendía veloz entre aquellas pulidas paredes hasta que dieron paso a la imperfección y el caos de los ríos naturales, donde las aguas giraban, se revolvían y se retorcían en distintos remolinos y saltos, abandonadas a su propia suerte.

Avanzaron unas horas más hasta que encontraron un recodo ancho y tranquilo del río. La desembocadura no podía estar demasiado lejos. Bohr examinó la zona.

- Es un gran sitio para dejar, algún día, nuestros drakkares.

- No tenemos nada.

- Lo tendremos - afirmó con seguridad - es lo que somos.


Y caminaron durante casi un día más hasta llegar a la desembocadura del río que terminaba ancho, manso y en tonos verdosos contra el mar abierto en una zona de playas de arena fina.

- Sonreíd, señores, el mar es nuestro otra vez; nos espera con las piernas abiertas - gritó Bohr sonriente.

- De nuevo en casa, supongo... - dijo Sorvak.

- Necesitaremos madera - rugió Bohr - y comida. Vamos, soldados, ¡ésta tiene que ser una gran noche!